viernes, 4 de enero de 2008

Democracia fantasma (o los cubiertos del abuelo muerto)

Sucede con algunas palabras que, una vez inventadas, quedan ahí, nombrando un vacío, como banderas que permanecen en un lugar donde ya no hay patria.
Democracia.

Una asentamiento humano deja de existir cuando se van sus habitantes; pasa a ser “pueblo fantasma”. A nadie se le ocurre pensar que sigue existiendo porque en el balcón del cabildo ondee todavía la bandera local, o porque sus casas sigan en pie, o porque aparezca todavía en los mapas. Sin embargo, esto es precisamente lo que sucede con conceptos como Democracia: parece que existe mientras se la nombre, mientras conserve parte de su fachada, aunque su interior esté vacío. Algo así, también, como cenar con el marido muerto, ya verán.

Cuando llegué a la Argentina, sentarme delante del televisor fue una primera aproximación, que consideré necesaria, para valorar el estado del país. Los noticieros dedican horas al día en entrevistar en directo a las víctimas de robos, a formular preguntas sin interés a gente interesante o preguntas interesantes a gente que poco tiene que decir, mezclando titulares que podríamos calificar de serios con toda clase de eventos y apuntes sobre la vida privada de personajes sin trascendencia alguna. Así, se difumina la barrera entre lo que es importante y lo que no, poniendo todo en un mismo plano de superficialidad. Esto provoca que asuntos de vital importancia para poder tener un juicio sobre la realidad del país pasen totalmente desapercibidos.

Tras las elecciones legislativas argentinas de 2005, entre la entrevista a un anciano que acababa de ser atracado en su domicilio, y una larga especulación sobre si Maradona iba o no a formar parte de la selección nacional de fútbol en algún puesto concreto, se pasó un mini-reportaje sobre cómo los habitantes de la provincia de Formosa eran cargados en camiones y amenazados para votar a un partido determinado. Es el llamado “voto cautivo”: electores sin poder de decisión real sobre su participación activa en las elecciones, ya sea a través de procedimientos como éste, o por amenazas más o menos directas contra su subsistencia o su mantenimiento en un puesto de trabajo. El canal no terminó de dar toda la información, sino que, convirtiendo atrozmente una noticia de enorme importancia en un reality show, emplazó a la audiencia hasta el día siguiente para conocer cómo terminaba el reportaje, como si se tratase de una tele-novela.

Yo estaba, o creía estar, al corriente de estos mecanismos mafiosos, aun sin saber sus verdaderas dimensiones. Pero con las elecciones de 2005 tuve o creí tener una idea aproximada de su magnitud y, sobre todo, de qué se hace para conseguir que todo voto sea una expresión libre de la voluntad política: nada; de qué repercusión tiene en los medios y en la opinión pública que en una democracia el conjunto de fuerzas políticas tenga un tercio de sus votos conseguidos de forma coercitiva: ninguna.

Algo de semejante envergadura tuvo nula repercusión: si hubo debate político nadie se enteró, si hubo consecuencias sancionadoras nadie las conoció, si hubo un análisis crítico se realizó quizá en la mente callada de algún telespectador mientras se cepillaba los dientes o en la de estudiosos de las ciencias sociales que no tienen quién se vea interesado por el contenido de sus reflexiones. Por casualidad enganché un canal que dijo que los testigos que habían aparecido en el reportaje, pertenecientes a una pequeña población de Formosa, habían sido sancionados por los caudillos locales: quedaron sin energía eléctrica en sus hogares.

Pero siguieron los noticieros su curso, y le tocó el turno, paso a paso, día a día, al juicio contra un hombre que había matado a un joven a la salida de un restaurante: cada día aparecía la madre del fallecido en todos los canales diciendo que el asesino de su hijo era una bestia y que confiaba en la justicia. Se habla a menudo de la cotización de cada segundo en televisión, motivo por el cual los programas serían rápidos y siempre pendientes de los cortes publicitarios: es imposible de entender, entonces, el despilfarro de horas dedicadas no ya a un asesinato, sino a la insistencia con que los canales no aportaban información valiosa alguna que no pudiera ser resumida en pocos segundos. Y es que nada, absolutamente nada, se aportaba al telespectador desde un punto de vista informativo preguntando a los abogados de ambas partes o a los familiares de la víctima. Tan poco podían aportar los entrevistados, que los reporteros ni siquiera hacían preguntas concretas, sino que ponían los micrófonos a su disposición, como facilitando una catarsis mediática.

Posiblemente en un pequeño y tranquilo pueblo de los Alpes suizos donde lo más preocupante de los últimos treinta años fue que el reloj de la iglesia diese diez campanadas a las doce, el asesinato de un joven vecino sea asunto de preocupación general, sintiéndose todos interesados por cada información, por mínima que sea, acerca de las pesquisas -puesto que todo el pueblo, de alguna forma, ha participado en ellas como testigo o tenga un vínculo cualquiera con alguna de las dos partes- y del juicio contra el autor del crimen. Lo sospechoso es que el tratamiento pueblerino de la información se realizase en Argentina, donde fallecen por armas de fuego varios cientos de personas cada año. La razón, evidentemente, es poner una cara (el asesino Conzi) a la preocupación generalizada -de la cual, por otra parte, es principal promotor este proceder pseudo-informativo- y permitir concentrar la mirada y las angustias sobre la violencia callejera más que en problemas de más difícil resolución y de mayor implicación política. Las estadísticas dicen que la inseguridad –así denominada, como si fuera el único tipo de inseguridad- en las calles es el primer problema de la Argentina. Más allá de entrar en el debate de si es en verdad problema o consecuencia de otros problemas, es lo cierto que si los noticieros dedicasen el mismo tiempo a informar sobre la inflación, ésta sería el primer problema (no me quiero imaginar el escándalo si cada día se entrevistasen a cinco personas durante diez minutos, a la salida de un hipermercado, preguntando qué opinan sobre el aumento del precio de la carne).
No tengo tan claro que la preocupación primera del argentino fuese el voto cautivo si se le dedicase el mismo espacio televisivo que a un asesinato: la sociedad concebida como suma de individualidades en peligro impide cualquier referencia al bien común.

La democracia se da por sentada, o quizá ni siquiera, porque poco importa. La política se centra hoy en satisfacer necesidades individuales y prometer protección de los bienes tangibles; la democracia es un concepto y por lo tanto no causa placer que pueda ser estimulado ni dolor que pueda evitarse. La política como búsqueda del bien común poco vínculo tiene ya con el poder, vaciada por nuevos poderes en manos de grupos de interés. De hecho, “poder político” es cada vez más una expresión del pasado, cuando las normas eran otras que las reglas del mercado.

La democracia es un pueblo deshabitado que sigue apareciendo en los mapas porque existen las urnas. Da lo mismo qué debe significar un voto, ni por qué se inventó eso de votar. En la mente de quien nunca ha dado importancia a los conceptos, se asocia democracia a elecciones y, existiendo éstas, existe aquélla.

La cuestión es que los conceptos se van vaciando a medida que deja de existir la reflexión; para que exista reflexión, debe darse, por un lado, material para la reflexión y personas dedicadas a ella y, por el otro, un espacio donde el pensamiento sea bien recibido.
Como material para la reflexión no consideraremos la realidad social, jurídica, económica cultural y política sino, en lo que aquí importa, el material bibliográfico y los la formación universitaria.
Las personas dedicadas a reflexionar deben tener la posibilidad real de hacerlo: ésta no consiste en “sí, nadie se lo impide, usted puede ponerse a pensar cuando quiera, faltaría más”, sino en que no estén condicionadas por necesidades ajenas a la actividad de pensar de forma tal que deban elegir otro camino. Una prioridad es brindar posibilidades reales de cursar estudios no pautados en función del mercado laboral. Y sí, en cambio, incentivadas por una educación ciudadana y de Estado que luche contra el constante mensaje que consiste en ver el consumo como elixir de la felicidad. Es una evidencia que el mercado laboral necesita cada vez más de personas formadas; esto, sin embargo, parece conducir a una aberrante especialización en áreas muy concretas que, además, se tratan de forma hermética en relación con otros campos. Llevado al absurdo y para que se entienda, existirán auténticos expertos en el tratamiento quirúrgico de desprendimientos de retina del ojo derecho que ni siquiera hayan escuchado hablar de la existencia de un ojo izquierdo, y viceversa. Tan necesario es empezar cuanto antes una especialización para ir ganando tiempo y no quedar al margen de las necesidades de la empresa, que se va erosionando la instrucción general: si, sin aumentar el número de horas lectivas, un joven de 15 años hace sus primeras incursiones en materias como contabilidad o marketing, es porque algo importante se está perdiendo; los avances tecnológicos son tan enormes que cuando un estudiante comienza estudios científicos hace ya años que ha tenido que abandonar las ciencias sociales, la filosofía, el arte o la literatura. Las necesidades de quienes ofrecen trabajo (invirtiéndose el concepto de oferta y demanda, de forma que el trabajador ya no ofrece sus servicios sino que es la empresa quien le ofrece un lugar en su seno, y por un tiempo a menudo limitado) son básicamente técnicas, y reclaman especialistas de lo concreto, de las cifras y, una vez más, de lo tangible o de lo inmediatamente representable. Todo cuanto no pueda ser cuantificado o evaluado de forma inmediata pareciera ocupar un área del cerebro en desuso. La historia misma queda limitada muchas veces a una recopilación de fechas, lugares y nombres; incluso en el campo del Derecho nos alejamos de materias como la filosofía, y hablamos simplemente de discernir lo que puede ser de lo que no; de qué y de cómo, esto es, de la práctica jurídica; pero nunca de por y para qué. Tan herméticos son unos campos del conocimiento respecto a los demás por causa de las especializaciones que, al no interrelacionarse, pierden su esencia y quedan justificados únicamente por la necesidad práctica de su aplicación inmediata y concreta.

Una de las consecuencias que se empieza a ver en ciertos sectores es que el personal altamente especializado difícilmente puede insertarse en otro departamento de la misma empresa, o incluso peligra su permanencia en el mismo departamento en el que venía desempeñándose si sus conocimientos quedan obsoletos por causa de los constantes avances tecnológicos. Ante este panorama, se procede con el personal de la misma manera que con el material informático que sufre de obsolescencia: sin posibilidad de reciclaje (alto costo de mantenimiento-capacitación) y con valor venial cero, son descartados gracias a contratos flexibles.
Pero en lo que ahora nos ocupa, la exigencia de especialización parece convertirse enemigo del conocimiento humanístico, y es muy común escuchar, incluso en círculos académicos y no sólo empresariales, a personajes que, sin ningún resto de vergüenza, se preguntan para qué sirve al economista tanta historia, o al médico tanta filosofía. No se trata, sin embargo, de impedir la profundización en un campo de estudio, pues sería igualmente absurdo; es ésta explicación innecesaria, pero nunca se sabe. Lo calamitoso es la necesidad de especialización en ciertos campos concretos en función de las necesidades del mercado, y en perjuicio del resto de conocimientos que deberían seguir siendo indispensables para la formación intelectual: la especialización en lo tangible e inmediatamente cuantificable, esto es, en todo aquello que necesita una respuesta rápida sin evaluación crítica ni pantanos teóricos y con la exclusiva finalidad de lograr insertarse en el sistema, parece vaciar de contenido todos los significados que encierran los conceptos abstractos, siendo el de Democracia el ejemplo que aquí nos sirve.
Eliminadas las valoraciones políticas y éticas, los planteamientos filosóficos o sociológicos, la democracia se ciñe al cumplimiento de una conducta formal. Y una vez modificada la coyuntura en la cual se ideó -a partir, precisamente, de todos estas valoraciones y planteamientos-, las formas o apariencias externas de la democracia quedan como casas deshabitadas de un pueblo abandonado y, además, sin las herramientas necesarias para constatar este hecho. Toda teoría ha sido proscrita por inútil y todo el saber, ceñido al conocimiento inmediato, a la dosis de pragmatismo necesario para el funcionamiento sin crítica ni alternativa del sistema. No hay quien pueda teorizar ni convencer sobre la inexistencia de algo que se ha pasado a ignorar.

¿Y aquello del abuelo muerto? Eliminado no ya todo cuanto tenga que ver con la ideología, sino todo pensamiento crítico nacido de la reflexión, de la teoría, de dar nuevos contenidos a los conceptos viejos y dados por ciertos, y de crear nuevos conceptos en respuesta a nuevas necesidades -humanas y no sólo pragmáticas-, la abstracción de las humanidades queda convertida en restos embalsamados; embalsamados para mantener la ficción de su vigencia, algo que se consigue mediante la técnica de hacer constantes alusiones al muerto. Se finge la continuidad de la Democracia nombrándola sin tregua, como si todavía anduviese entre nosotros.
Se habla en nombre de la Democracia porque es como mejor se finge que sigue con vida. Como la abuela que se sienta a la mesa y pone todavía los cubiertos a su difunto marido para mantener la ficción; y le habla, sin esperar respuesta; y cuenta a la familia, que se mira cómplice, que el abuelo ha ido a jugar a las cartas.

La diferencia es que la abuela finge, enloquecida, para mitigar el dolor de la pérdida, mientras que quienes tienen voz en nuestra sociedad siguen hablando del abuelo muerto para que nadie se dé cuenta de que ha sido asesinado. Estos son, claro está, la clase política, los nuevos grupos de poder económico-financiero y los medios de comunicación; la clase política, con más poder individual pero cada vez con menos poder político, reemplazando la indiferencia del electorado por el voto cautivo; los nuevos grupos de poder económico-financiero, atentos a sus intereses, sustituyendo la regulación del Estado con la fuerza irresistible por supranacional de las leyes del mercado y del consumo; y los medios de comunicación, dedicados a allanar el terreno al efectismo de cuanto panegírico se dedique en favor de la ley y el orden, saturando a la opinión pública de información inconexa, huérfana de debate y pensamiento crítico, a merced de los anunciantes, es decir, de estos nuevos grupos de quienes son fiel instrumento.Queda la democracia como el abuelo muerto al que nadie se atreve a retirar sus cubiertos de la mesa, como el pueblo deshabitado que sigue apareciendo en los mapas; es lo que podemos empezar a llamar la “democracia-fanstasma”.

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