jueves, 15 de mayo de 2008
lunes, 25 de febrero de 2008
sábado, 23 de febrero de 2008
sábado, 16 de febrero de 2008
jueves, 17 de enero de 2008
Tontos
Hay dos cosas que me irritan especialmente en todo esto de la televisión : una, que se adopte como modelo a seguir a la gente más mediocre y por debajo de la media del panorama argentino (aunque está pasando en todas partes, lindo consuelo); y dos, tener que enterarme de la vida privada y las intimidades de estos individuos aunque intente evitarlo: odio tener que tragarme, en contra de mi voluntad, lo triste que está éste por haber sido abandonado o de a quién se está cogiendo aquél.
¡Yo he puesto el noticiero! Y sí, es el noticiero, nomás... ¿Por qué esta gente es noticia? ¿Por qué si un noticiero dura lo mismo que siempre hay cada vez más noticias que no lo son? ¿Quién se queda con las de verdad?
Pero, además de esas preguntas, lo más importante: ¡no quiero enterarme de todo eso!
Es algo que me toca mucho los cojones.
Es algo que me toca mucho los cojones.
Umberto Eco habla en uno de los artículos que reúne en A paso de Cangrejo del fenómeno televisivo que crea famosos salidos de la nada comparándolo, con toda razón, con la taberna en la que se invitaba a unos vinos al tonto del pueblo para que hiciese un poco el ridículo y reírse a su costa. El tonto del pueblo sospechaba a veces que le tomaban el pelo, o que esa podía ser la finalidad de la invitación, pero a cambio se tomaba gratis un par de tragos. Si no, se quedaba feliz con ser el centro de atención durante un rato.Por otra parte, J. J. Sebreli, en Buenos Aires, vida cotidiana y alineación, nos recuerda cómo la oligarquía era especialmente cuidadosa preservando su intimidad: no se trataba de seguir férreos patrones morales sino de crear un halo de misterio, al no dejarse ver por las clases inferiores y dejar que éstas idealizaran a toda la aristocracia, sus modos de vida.
La conducta hermética de la oligarquía, manteniendo su privacidad, creando códigos de lenguaje propios para detectar advenedizos, creaba gran interés en las clases populares y en la clase media: si el proletariado de las ciudades jamás podría siquiera soñar en vivir como la oligarquía, la ascendiente burguesía le iba detrás, intentando concurrir a los mismos lugares, adquirir los mismos hábitos. Sin embargo, unos y otros sentían tanta atracción con lo que sucedía de puertas adentro de las mansiones, en sus fiestas exclusivas, que comenzaron a consumir toneladas de crónicas sociales.
La oligarquía se sabía centro de atención, ejemplo a seguir, y el resto de la sociedad miraba desde las crónicas cómo se comportaban, qué era eso de ser importante.
Que las crónicas sociales en las que aparecía la aristocracia porteña quedaran poco a poco reemplazadas por las que relataban vida y milagros de los actores de cine y teatro pone en evidencia la necesidad, además, de dedicarse al voyeurismo: el objeto observado es otro, se pierde el interés por unos individuos considerados ociosos y aburridos a medida que la inmigración impone como valores el trabajo y la condición de selfmademan.
Tenemos así dos objetos sobre los que fijar la atención: el tonto del pueblo de un lado y la aristocracia y los actores de otro.
El tonto del pueblo, pese a ser el centro de atención durante el tiempo que tardan los parroquianos en cansarse de hacer bromas a su costa, jamás pasa de la categoría “tonto del pueblo”. Como señala Eco, estos individuos cobran protagonismo precisamente por su condición de mediocres, de por debajo de la media y la televisión rescata a estos personajes para la carcajada general. Pero por el mero hecho de salir en la pantalla, se convierten en famosos en un momento en que la fama se confunde con el mérito. Consecuencia: esta mediocridad pasa a ser el modelo a seguir por el simple hecho de aparecer en televisión, medio dedicado en algún momento a narrar acontecimientos importantes y entrevistar a gente que tenía algo que decir.
Por su parte, la masa dedicada a seguir los avatares sentimentales de los aristócratas y famosos tiene ahora la herramienta de la televisión para, además, reírse del tonto del pueblo sin tener que bajarse a la taberna del barrio, sin contar con que en todo el país, incluso traspasando las fronteras, se pueden encontrar muchos más tontos que, por si fuera poco, se las tienen que ver ante burladores profesionales, expertos en meter el dedo en el culo, reclutados de entre los periodistas mediocres que jamás serían tomados en serio y tienen por ello la suficiente dosis de resentimiento como para hacer con el sujeto más ridículo una carnicería: el mismo personaje que en la taberna, por culpa de su frustración, hostigaba al tonto hasta hacerlo llorar y era interrumpido y reprendido por el resto de los parroquianos aparece en los platós con los dientes afilados. Pero en la televisión nadie frena a nadie: ya a estas alturas está claro cuál es el negocio, y es aportar esa dosis conjunta de voyeurismo y de crueldad pueblerina en dosis desmedidas y con la ventaja de no sentirse ni mínimamente culpable porque, en todo caso, es el tonto de otro pueblo, y allí sabrán qué hacer con él.
De todas formas, tampoco hay mayores razones para sentirse culpable: el tonto y el famoso comparten el medio televisivo, y para el tonto ya es bastante premio. Mucho más que el vino barato de la taberna del barrio.
La cultura de masas no busca a los mejores actores ni a los mejores cantantes -de la misma manera que la mejor literatura no es la más vendida desde que la alfabetización generalizada abrió un mercado mucho más amplio pero menos erudito-, y hace hablar a gente que jamás hubiera debido tener un micrófono delante. Cuando se saca de su hábitat natural a ciertas celebridades, cuando se le quita la pelota a un futbolista y se pone ropa de calle a una modelo, estos personajes envidiados y famosos, estos mitos populares dicen cosas a la altura de cualquier tonto del pueblo. No se les puede exigir otra cosa, pero ellos piensan que tiene algo importante que decir y la gente quiere escuchar cuál es el secreto de su éxito, acercarse a sus vida privadas, mirar por el ojo de las cerraduras como antes se intentaba conocer qué sucedía en las fiestas exclusivas de la oligarquía.
Así, llega un momento en que ya no se sabe quién es quién, y el tonto del pueblo pasa a cobrar fortunas por no decir nada o, peor, por contar a todo el mundo quién es su nueva pareja, por dejarse ver en su nueva casa, por aparecer en la playa enseñando unas tetas que se acaba de comprar. Y la confusión se va produciendo en poco tiempo.
Puesto que cobra por todo esto, ya no puede ser considerado el tonto del pueblo: ella tiene sexo con futbolistas y empresarios, él aparece en una pileta tomando sol con una modelo deseada por todo el país y, por si fuera poco, vive de ello... ¿Quién es el tonto ahora?
La respuesta es sencilla: quien todavía no aparece en televisión, quien escribe libros “difíciles de entender” y por tanto de escasa repercusión mediática, quien compone música para "señores aburridos de esos que van al Teatro Colón", quien pinta unos cuadros que los turistas en los halls de los hoteles de moda no comprarían jamás como souvenir.
Al ser tan fuerte esta confusión entre el famoso por mérito y el tonto famoso, los noticieros ya no saben discernir ente qué acontecimientos deben ser noticia y cuáles no. Si el último gol de un futbolista es noticia, ¿no lo debe ser su boda? ¿y su divorcio? ¿ y sus aventuras?
Y si la boda de un futbolista es noticia, ¿por qué no debe serlo la de un participante en Gran Hermano si, al fin, son los que más frecuentemente aparecen en TV y son conocidas todas sus intimidades? O, ¿por qué no debería ser noticia que Fulanito y Menganita salieron a comer juntos si todos sabemos quiénes son, y sí debería serlo, en cambio, un bombardeo sobre Kabul si nadie puede señalar este lugar en el mapa?
Así, los noticieros van introduciendo poco a poco comentarios realizados por personajes insignificantes, incluso chismes sobre la vida privada de quienes siempre se prestaron a ello; sin embargo, los noticieros no por ello duran más: ¿qué se está recortando?, ¿qué se considera sobrante? Lo que haga falta, con tal de hacer un lugar a los tontos: siempre fue más divertido reírse de ellos que escuchar hablar de lo suyo al maestro de escuela cuando se pasaba por la taberna.
Lo malo es cuando se escucha al tonto y el maestro provoca risas.
martes, 15 de enero de 2008
Revista Gente, Personajes 2007:El mapamundi del barrio

Tipos de mapas hay muchos y los podemos clasificar someramente según el área geográfica que abarcan y según la información que recogen (mapas fluviales, de carreteras, económicos, geopolíticos...).
Dependiendo del tipo de mapa que tengamos delante, podremos encontrar las principales ciudades noruegas, los ríos y afluentes que riegan la fértil China septentrional o cómo llegar a Patones de Abajo desde Tomelloso y cuántas gasolineras encontraré en el camino.
Se equivoca, sin embargo, quien piense que un mapa no recoge más que datos objetivos, perfectamente medidos y verificados, no sujetos a discusión: los mapas imperiales, por ejemplo, rodeados de firuletes y alegorías que ensalzan la gloriosa nación, suelen jugar con la perspectiva y las proporciones, deforman la realidad; tienden a incluir no sólo posesiones reales sino territorios perdidos, considerados irrenunciables o, por qué no, pendientes de conquista. Estos mapas también pueden contener, por ello, una contundente declaración de intenciones o una obstinada postura patriotera: quién sabe si a fuerza de dar diariamente el parte metereológico de las Malvinas, un buen día amanecerán como territorio argentino.
La revista Gente publicó, como es habitual al finalizar cada año, una fotografía con los “Personajes de 2007”. Hay tanto Personaje –con mayúscula, por supuesto- últimamente que la foto hace tiempo que necesita del formato extensible, como los mapas de carreteras. Por supuesto, todo el mundo sonriendo y aplaudiendo a más no poder.
Uno puede recorrer el mapa Personajes 2007 y encontrar algunas ciudades de mediana importancia, y mucho, pero mucho pueblo de mierda que sólo visitaría uno si tiene allí una tía muy rica a punto de criar malvas o si el auto ha sufrido una avería. Es un territorio sin capital, ni siquiera de provincia. Es un simple plano de barrio, por más que el barrio se piense otra cosa.
A una ciudad grande no le queda más remedio que aparecer en el mapa de carreteras junto a un pueblito minúsculo: el mapa relaciona puntos geográficos en función de la proximidad existente entre ellos y las rutas que los unen. Esa es la razón de ser del mapa y el motivo por el cual dos poblaciones tan distintas aparecen en un mismo trozo de papel.
De la misma manera, un pueblo de doscientos habitantes situado en mitad de la Pampa no puede llamar a la imprenta para que lo incluyan como pueblo significativo de la provincia de Madrid. México D.F. no puede decidir retirarse del mapa de su país o preferir constar como tranquila población rural, cansada de tanta contaminación.
Sin embargo, en la fotografía de Gente uno tiene que decidir si aparece o no: te llaman -o llamas tú recordando lo importantes que han sido tus logros este año que termina-, te dicen cuándo debes pasarte por el lugar y tienes que aguantar una sesión de fotos entera. Previamente, si le das importancia al asunto, habrás negociado junto a quién aparecerás y, sobre todo, si se te verá más bien en el centro o en una esquina en la última fila. Si se te complica demasiado y no puedes ir cuando van todos, te incluyen luego con el photoshop. Es, pues algo voluntario, siempre y cuando en Gente hayan pensado en ti como uno de los afortunados que son dignos de ser incluidos en la foto.
Hay pueblos que celebran su flamante aparición en los mapas: la ocasión merece vestirse de largo y tirar la casa por la ventana. El acontecimiento suele venir de la mano de una carretera nueva que, en poco tiempo, convierte el pueblo en un lugar de paso obligado, en un punto de parada y fonda; quizá de un descubrimiento arqueológico importante, de una política turística que decide explotar su condición rural en atractivo turístico. El pueblo, por tanto, pasa a tener mayor importancia, eso es algo indiscutible, y esto se plasma formalmente cuando aparece en los mapas.
Los motivos por los que alguien pasa a ser considerado “Famoso”, “Personaje del año”, en cambio, no obedecen esta regla. No salen en los mapas porque pasan a ser importantes, sino al revés: consiguen la fama gracias que salen en algún mapa.
En el centro de la fotografía, claro está, Tinelli y Adrián Suar, la Legrand y Susana Giménez; la televisión, sin ellos, posiblemente sería otra cosa. Ingenuo pensar, sin embargo, que sería algo muy distinto: podríamos eliminar poblaciones enteras, arrasarlas, borrarlas literalmente del mapa, pero en muy poco tiempo volverían a aparecer, insistirían en renacer y volverían a constar en el mapa, quizá con otro nombre, quizá un poco más al oeste; pero no habrían cambiado más que su apariencia.
En las primeras filas, las chicas guapas, las llamadas diosas, joyas del patrimonio farandulero nacional, lugares con encanto que se promocionan siempre que se puede para atraer el turismo, elementos ornamentales de la fotografía y de la televisión. Lo estúpido, comentaba Martín Caparrós en alguna ocasión, es que a estas mujeres se les haga preguntas, les hagan hablar: ¿se le hacen preguntas a un cuadro? ¿necesita hablar una orquídea? Pero eso es otro tema. La fotografía, pues, es su hábitat natural y tampoco suelen servir para actrices, aunque ahí andan, de plató en escenario, por eso, porque queda lindo.
Alrededor de esas pequeñas urbes con ínfulas de metrópoli y de esas mujeres de moda, tan turísticas y tan visitadas, toda una serie de puebluchos fantasma, de villas miseria.
El mapa del imperio massmediático argentino se renueva anualmente: de un año para otro hay catástrofes, guerras mediáticas, poblaciones que dejan de existir en batallas burdas, analfabetas y, eso sí, muy lucrativas. Desaparecen los territorios arrasados, aunque a menudo se los puede recuperar en ocasiones posteriores, razón por la cual aplaudirán con todo el entusiasmo de que sean capaces cuando se les vuelva a conceder retratarse junto a los reyes de la porquería televisiva.
En cada actualización cartográfica no todo puede renovarse constantemente, pues se perdería la identidad del pretendido imperio. Por ello, se necesitan algunos referentes que den espíritu de continuidad y tradición. Como tales, las figuras que pasan de la tapa de Gente de un año a la del siguiente dan estabilidad al territorio nacional representado en esta cartografía de lo berreta, de lo frívolo, de lo idiota, permiten no olvidar qué se pretende y cuál es la línea a seguir. SG y Tinelli son los monarcas, los íconos de hoy, como antes lo había sido Menem durante una década: cambió el rey, pero no hay duda de la pretensión de continuidad.
Sin embargo, uno se pregunta qué necesidad tiene Pacho O´Donnell, por ejemplo, de aparecer en esta foto. O Charly García. La mayoría vive precisamente de esto, de la publicidad de sí mismos, del rating. Pero no ellos -aunque la pose de enfant terrible ya entrado en años de Charly se puede transformar en obsecuencia mediática sin que signifique nada, porque ya nada sorprende de lo que haga-. No lo necesitan, como tampoco Nelson Castro: ¿imposiciones del medio?
La mayor sorpresa, sin embargo, es Fernando Peña: no sé si ya había aparecido anteriormente, quizá en alguna entrevista, pero es distinto: encontrarlo ahí, aplaudiéndose a sí mismo –¿qué otra cosa aplauden estos Personajes, si no es su propia vanidad?-, formando parte del monumento a la frivolidad y a la televisión-basura. Peña es irreverente, políticamente incorrecto de manera inteligente y visceral, está en otra categoría: debería aparecer en otro mapa, posiblemente en muchos otros, pero no en éste. Es como encontrar en el mapa de ciudades noruegas un afluente de la China septentrional.
El caso de Macri es distinto: no podía no aparecer. Continuando con lo circense del menemismo, el político en el poder es parte de la farándula y se esfuerza por serlo. Se trata de un populismo de derechas, que adhiere por tanto a la versión berlusconiana -resucitada en parte por Sarkozy, según parece-, más que a la tercermundista: en vez de bombos y banderas, seda y piernas largas.
Dependiendo del tipo de mapa que tengamos delante, podremos encontrar las principales ciudades noruegas, los ríos y afluentes que riegan la fértil China septentrional o cómo llegar a Patones de Abajo desde Tomelloso y cuántas gasolineras encontraré en el camino.
Se equivoca, sin embargo, quien piense que un mapa no recoge más que datos objetivos, perfectamente medidos y verificados, no sujetos a discusión: los mapas imperiales, por ejemplo, rodeados de firuletes y alegorías que ensalzan la gloriosa nación, suelen jugar con la perspectiva y las proporciones, deforman la realidad; tienden a incluir no sólo posesiones reales sino territorios perdidos, considerados irrenunciables o, por qué no, pendientes de conquista. Estos mapas también pueden contener, por ello, una contundente declaración de intenciones o una obstinada postura patriotera: quién sabe si a fuerza de dar diariamente el parte metereológico de las Malvinas, un buen día amanecerán como territorio argentino.
La revista Gente publicó, como es habitual al finalizar cada año, una fotografía con los “Personajes de 2007”. Hay tanto Personaje –con mayúscula, por supuesto- últimamente que la foto hace tiempo que necesita del formato extensible, como los mapas de carreteras. Por supuesto, todo el mundo sonriendo y aplaudiendo a más no poder.
Uno puede recorrer el mapa Personajes 2007 y encontrar algunas ciudades de mediana importancia, y mucho, pero mucho pueblo de mierda que sólo visitaría uno si tiene allí una tía muy rica a punto de criar malvas o si el auto ha sufrido una avería. Es un territorio sin capital, ni siquiera de provincia. Es un simple plano de barrio, por más que el barrio se piense otra cosa.
A una ciudad grande no le queda más remedio que aparecer en el mapa de carreteras junto a un pueblito minúsculo: el mapa relaciona puntos geográficos en función de la proximidad existente entre ellos y las rutas que los unen. Esa es la razón de ser del mapa y el motivo por el cual dos poblaciones tan distintas aparecen en un mismo trozo de papel.
De la misma manera, un pueblo de doscientos habitantes situado en mitad de la Pampa no puede llamar a la imprenta para que lo incluyan como pueblo significativo de la provincia de Madrid. México D.F. no puede decidir retirarse del mapa de su país o preferir constar como tranquila población rural, cansada de tanta contaminación.
Sin embargo, en la fotografía de Gente uno tiene que decidir si aparece o no: te llaman -o llamas tú recordando lo importantes que han sido tus logros este año que termina-, te dicen cuándo debes pasarte por el lugar y tienes que aguantar una sesión de fotos entera. Previamente, si le das importancia al asunto, habrás negociado junto a quién aparecerás y, sobre todo, si se te verá más bien en el centro o en una esquina en la última fila. Si se te complica demasiado y no puedes ir cuando van todos, te incluyen luego con el photoshop. Es, pues algo voluntario, siempre y cuando en Gente hayan pensado en ti como uno de los afortunados que son dignos de ser incluidos en la foto.
Hay pueblos que celebran su flamante aparición en los mapas: la ocasión merece vestirse de largo y tirar la casa por la ventana. El acontecimiento suele venir de la mano de una carretera nueva que, en poco tiempo, convierte el pueblo en un lugar de paso obligado, en un punto de parada y fonda; quizá de un descubrimiento arqueológico importante, de una política turística que decide explotar su condición rural en atractivo turístico. El pueblo, por tanto, pasa a tener mayor importancia, eso es algo indiscutible, y esto se plasma formalmente cuando aparece en los mapas.
Los motivos por los que alguien pasa a ser considerado “Famoso”, “Personaje del año”, en cambio, no obedecen esta regla. No salen en los mapas porque pasan a ser importantes, sino al revés: consiguen la fama gracias que salen en algún mapa.
En el centro de la fotografía, claro está, Tinelli y Adrián Suar, la Legrand y Susana Giménez; la televisión, sin ellos, posiblemente sería otra cosa. Ingenuo pensar, sin embargo, que sería algo muy distinto: podríamos eliminar poblaciones enteras, arrasarlas, borrarlas literalmente del mapa, pero en muy poco tiempo volverían a aparecer, insistirían en renacer y volverían a constar en el mapa, quizá con otro nombre, quizá un poco más al oeste; pero no habrían cambiado más que su apariencia.
En las primeras filas, las chicas guapas, las llamadas diosas, joyas del patrimonio farandulero nacional, lugares con encanto que se promocionan siempre que se puede para atraer el turismo, elementos ornamentales de la fotografía y de la televisión. Lo estúpido, comentaba Martín Caparrós en alguna ocasión, es que a estas mujeres se les haga preguntas, les hagan hablar: ¿se le hacen preguntas a un cuadro? ¿necesita hablar una orquídea? Pero eso es otro tema. La fotografía, pues, es su hábitat natural y tampoco suelen servir para actrices, aunque ahí andan, de plató en escenario, por eso, porque queda lindo.
Alrededor de esas pequeñas urbes con ínfulas de metrópoli y de esas mujeres de moda, tan turísticas y tan visitadas, toda una serie de puebluchos fantasma, de villas miseria.
El mapa del imperio massmediático argentino se renueva anualmente: de un año para otro hay catástrofes, guerras mediáticas, poblaciones que dejan de existir en batallas burdas, analfabetas y, eso sí, muy lucrativas. Desaparecen los territorios arrasados, aunque a menudo se los puede recuperar en ocasiones posteriores, razón por la cual aplaudirán con todo el entusiasmo de que sean capaces cuando se les vuelva a conceder retratarse junto a los reyes de la porquería televisiva.
En cada actualización cartográfica no todo puede renovarse constantemente, pues se perdería la identidad del pretendido imperio. Por ello, se necesitan algunos referentes que den espíritu de continuidad y tradición. Como tales, las figuras que pasan de la tapa de Gente de un año a la del siguiente dan estabilidad al territorio nacional representado en esta cartografía de lo berreta, de lo frívolo, de lo idiota, permiten no olvidar qué se pretende y cuál es la línea a seguir. SG y Tinelli son los monarcas, los íconos de hoy, como antes lo había sido Menem durante una década: cambió el rey, pero no hay duda de la pretensión de continuidad.
Sin embargo, uno se pregunta qué necesidad tiene Pacho O´Donnell, por ejemplo, de aparecer en esta foto. O Charly García. La mayoría vive precisamente de esto, de la publicidad de sí mismos, del rating. Pero no ellos -aunque la pose de enfant terrible ya entrado en años de Charly se puede transformar en obsecuencia mediática sin que signifique nada, porque ya nada sorprende de lo que haga-. No lo necesitan, como tampoco Nelson Castro: ¿imposiciones del medio?
La mayor sorpresa, sin embargo, es Fernando Peña: no sé si ya había aparecido anteriormente, quizá en alguna entrevista, pero es distinto: encontrarlo ahí, aplaudiéndose a sí mismo –¿qué otra cosa aplauden estos Personajes, si no es su propia vanidad?-, formando parte del monumento a la frivolidad y a la televisión-basura. Peña es irreverente, políticamente incorrecto de manera inteligente y visceral, está en otra categoría: debería aparecer en otro mapa, posiblemente en muchos otros, pero no en éste. Es como encontrar en el mapa de ciudades noruegas un afluente de la China septentrional.
El caso de Macri es distinto: no podía no aparecer. Continuando con lo circense del menemismo, el político en el poder es parte de la farándula y se esfuerza por serlo. Se trata de un populismo de derechas, que adhiere por tanto a la versión berlusconiana -resucitada en parte por Sarkozy, según parece-, más que a la tercermundista: en vez de bombos y banderas, seda y piernas largas.
Un plano del barrio, en resumen que se piensa mapamundi.
jueves, 10 de enero de 2008
Ante el espejo
Estás viejo y no tienes ni una arruga. Bueno, quizá alrededor de los ojos, cuando sonríes. Pero nunca sonríes. Pierdes el pelo por las preocupaciones, porque las tienes, a juzgar por el tiempo que pasas fumando en la cama, mirando el techo, porque las tienes, a juzgar por la falta de ganas de levantarte cada mañana, por esta cara que traes al espejo cuando por fin decides dejar la cama y afeitarte cuando te afeitas y peinarte y limpiar los pelos del lavabo cuando te peinas y llorar viendo que nada cambia nunca en tu vida, sólo tu calva que crece, cuando lloras, que es todos los días.
Pierdes el pelo por las preocupaciones, porque las tienes, pero no sabes bien cuáles son. Ni hipotecas ni hijos ni ataduras de ningún tipo, sólo unas tremendas ganas de no hacer nada, sólo este espejo, que te recuerda que no eres nada, que eres lo que nadie quiere ser, que no eres ni minimamente listo ni minimamente atractivo ni minimamente feliz, que eres lo que nadie quiere ser, no tienes un trabajo del que quejarte ni con el que presumir que andas siempre muy ocupado, según convenga, ni una mujer, cualquiera, que venga a echarte un polvo los martes y los jueves y cierre la puerta sin un beso.
El espejo te lo dice, te lo está diciendo, pero te resistes a entender, no le escuchas, no quieres escuchar, el espejo te insulta con sus respuestas, conoce cada una de tus preocupaciones, porque las tienes, quién duda que duela más la verdad que la mentira, no serás tú, el espejo te agrede, la verdad te agrede, está ahí, provocando, desafiante, fría como la taza del váter, no consigues desviar tu mirada, te atrapa ahí dentro, eres lo que nadie quiere ser, te lo repite y no consigues que calle ni con este puñetazo desesperado que ha desfigurado tu cara, cruzándola de rajas y grietas que ya tenías... Porque las tienes.
Pierdes el pelo por las preocupaciones, porque las tienes, pero no sabes bien cuáles son. Ni hipotecas ni hijos ni ataduras de ningún tipo, sólo unas tremendas ganas de no hacer nada, sólo este espejo, que te recuerda que no eres nada, que eres lo que nadie quiere ser, que no eres ni minimamente listo ni minimamente atractivo ni minimamente feliz, que eres lo que nadie quiere ser, no tienes un trabajo del que quejarte ni con el que presumir que andas siempre muy ocupado, según convenga, ni una mujer, cualquiera, que venga a echarte un polvo los martes y los jueves y cierre la puerta sin un beso.
El espejo te lo dice, te lo está diciendo, pero te resistes a entender, no le escuchas, no quieres escuchar, el espejo te insulta con sus respuestas, conoce cada una de tus preocupaciones, porque las tienes, quién duda que duela más la verdad que la mentira, no serás tú, el espejo te agrede, la verdad te agrede, está ahí, provocando, desafiante, fría como la taza del váter, no consigues desviar tu mirada, te atrapa ahí dentro, eres lo que nadie quiere ser, te lo repite y no consigues que calle ni con este puñetazo desesperado que ha desfigurado tu cara, cruzándola de rajas y grietas que ya tenías... Porque las tienes.
Puta Guardia Civil

Al hojear las revistas de jurisprudencia uno se encuentra con sentencias que trascienden lo meramente jurídico y serían para morirse de risa si no fuese por lo que conlleva de retrógrado, de reaccionario. Porque da un poquito de vergüenza ajena.
Es el caso de una sentencia de hace unos años que confirmaba que una Guardia Civil debía ser separada del servicio por ejercer la prostitución, esto es, por “observar conductas gravemente contrarias a la dignidad de la Institución, que no constituyan delito”, según el arcaico Reglamento Disciplinario de la Guardia Civil.
El extenso contenido de la sentencia, en muchos puntos intachable desde un punto de vista jurídico, resuelve con un rápido quiebro lo que debe entenderse por “indigno”.
No hay nada que objetar a que, como se fundamenta en la sentencia, la exigencia de dignidad se convierta en deber jurídico cuando viene impuesta por una norma de preceptivo cumplimiento, si bien resulta patético que en el ordenamiento jurídico de nuestras Fuerzas Armadas, - en concreto el Reglamento para el Servicio del Cuerpo de la Guardia Civil, de 1943, que ya son años- todavía se encuentren disposiciones del tipo “asegurar la moralidad de sus [de la Guardia Civil] individuos es la base fundamental de la existencia de la Institución”, o “el guardia civil... por sus buenos modales y reconocida honradez ha de ser siempre un dechado de moralidad”, etc...
No es menos patético que el ponente Sr. Bermúdez de la Fuente se remita a las normas de moralidad que rigen la vida en sociedad, a los criterios morales y de buenas costumbres que la sociedad civil se da a sí misma, para definir lo que es o deja de ser indigno, como si la moral la hiciésemos entre todos, como si todo lo que no sea considerado moral o de buenas costumbres por la mayoría fuese por ello indigno.
Tendríamos que comenzar entonces por limpiar las Fuerzas Armadas de indignos, empezando por los legionarios y guardias civiles que se van de putas, porque tan indigno debería ser el que necesite pagar por echar un triste polvo en un antro de Melilla (si es puta de lujo, bueno). Seguiríamos por arrancar el tricornio a los guardias civiles que se tiran un eructo con el cafelito de por la mañana, aunque sea en su casa y en pijama, a todas luces contrario a las buenas costumbres, por desterrar a patadas al Presidente del Gobierno que comete adulterio (me dicen que esto ya lo quisieron inventar los americanos), y terminaríamos por elevar el coeficiente intelectual de los soldados para que el Ejército Español no se vea en la indignidad de tener que aceptar reclutas que por marcar una X en la casilla que habían decidido marcar si la moneda salía cruz se han librado de ser incluidos en el epígrafe de “imbécil integral”.
Se destaca en diversas ocasiones que ejercía la prostitución en un establecimiento público. Queda la duda de si ella cobraba o no, ya que cabría la posibilidad del morbo que pudiera suscitar a la señora en cuestión montárselo con el primero que pille por la calle, y la mejor forma sería entonces la de irse a una casa de citas en busca de desesperados. Lo mismo hasta era ella la que se empeñaba en pagar al putañero. Sin embargo no debe ser eso, porque en la Unidad corría el rumor de que andaba muy bien económicamente: puta y de las caras.
Lo más fuerte es quizá que el derecho a la intimidad, valor fundamental de la dignidad, no tenía cabida, en opinión del Sr. Magistrado, precisamente porque la recurrente ejercía la prostitución en un local abierto al público (cabe pensar entonces que puesto que no tiene derecho a la intimidad, incluso su casa sería un lugar público).
A ver si me entero: si no hay intimidad, no hay dignidad, y como se trataba de un local público, no había intimidad, luego tampoco hay dignidad (o algo así).
Conclusión: las putas no tienen derecho a la intimidad. Bien. Las putas no tienen derecho a la intimidad y son indignas. Mejor. Las putas son indignas, no tienen derecho a la intimidad, y por tanto uno se las puede tirar cuando quiera y donde quiera (y por donde quiera), llamando a sus casas cuando a uno se le antoje, da igual que estén con su abuela viendo la tele, deben llevar un cartel que diga “Soy Puta” (o mejor “Soy Puta e Indigna”). Así estaría mejor. Si uno se tira a una puta mientras le està dando la teta a su hijo, además de llamar a éste hijoputa merecidamente, se puede ir sin pagar porque como mucho estaríamos ante un contrato incumplido y nada màs; pero como no sabemos si los contratos con putas tienen algún valor, pues nada.
Se me olvidaba decir que la Guardia Civil fue creada bajo el reinado de Isabel II, un verdadero putón. ¿Tendrá alguna vigencia este Cuerpo después de todo lo dicho?
El extenso contenido de la sentencia, en muchos puntos intachable desde un punto de vista jurídico, resuelve con un rápido quiebro lo que debe entenderse por “indigno”.
No hay nada que objetar a que, como se fundamenta en la sentencia, la exigencia de dignidad se convierta en deber jurídico cuando viene impuesta por una norma de preceptivo cumplimiento, si bien resulta patético que en el ordenamiento jurídico de nuestras Fuerzas Armadas, - en concreto el Reglamento para el Servicio del Cuerpo de la Guardia Civil, de 1943, que ya son años- todavía se encuentren disposiciones del tipo “asegurar la moralidad de sus [de la Guardia Civil] individuos es la base fundamental de la existencia de la Institución”, o “el guardia civil... por sus buenos modales y reconocida honradez ha de ser siempre un dechado de moralidad”, etc...
No es menos patético que el ponente Sr. Bermúdez de la Fuente se remita a las normas de moralidad que rigen la vida en sociedad, a los criterios morales y de buenas costumbres que la sociedad civil se da a sí misma, para definir lo que es o deja de ser indigno, como si la moral la hiciésemos entre todos, como si todo lo que no sea considerado moral o de buenas costumbres por la mayoría fuese por ello indigno.
Tendríamos que comenzar entonces por limpiar las Fuerzas Armadas de indignos, empezando por los legionarios y guardias civiles que se van de putas, porque tan indigno debería ser el que necesite pagar por echar un triste polvo en un antro de Melilla (si es puta de lujo, bueno). Seguiríamos por arrancar el tricornio a los guardias civiles que se tiran un eructo con el cafelito de por la mañana, aunque sea en su casa y en pijama, a todas luces contrario a las buenas costumbres, por desterrar a patadas al Presidente del Gobierno que comete adulterio (me dicen que esto ya lo quisieron inventar los americanos), y terminaríamos por elevar el coeficiente intelectual de los soldados para que el Ejército Español no se vea en la indignidad de tener que aceptar reclutas que por marcar una X en la casilla que habían decidido marcar si la moneda salía cruz se han librado de ser incluidos en el epígrafe de “imbécil integral”.
Se destaca en diversas ocasiones que ejercía la prostitución en un establecimiento público. Queda la duda de si ella cobraba o no, ya que cabría la posibilidad del morbo que pudiera suscitar a la señora en cuestión montárselo con el primero que pille por la calle, y la mejor forma sería entonces la de irse a una casa de citas en busca de desesperados. Lo mismo hasta era ella la que se empeñaba en pagar al putañero. Sin embargo no debe ser eso, porque en la Unidad corría el rumor de que andaba muy bien económicamente: puta y de las caras.
Lo más fuerte es quizá que el derecho a la intimidad, valor fundamental de la dignidad, no tenía cabida, en opinión del Sr. Magistrado, precisamente porque la recurrente ejercía la prostitución en un local abierto al público (cabe pensar entonces que puesto que no tiene derecho a la intimidad, incluso su casa sería un lugar público).
A ver si me entero: si no hay intimidad, no hay dignidad, y como se trataba de un local público, no había intimidad, luego tampoco hay dignidad (o algo así).
Conclusión: las putas no tienen derecho a la intimidad. Bien. Las putas no tienen derecho a la intimidad y son indignas. Mejor. Las putas son indignas, no tienen derecho a la intimidad, y por tanto uno se las puede tirar cuando quiera y donde quiera (y por donde quiera), llamando a sus casas cuando a uno se le antoje, da igual que estén con su abuela viendo la tele, deben llevar un cartel que diga “Soy Puta” (o mejor “Soy Puta e Indigna”). Así estaría mejor. Si uno se tira a una puta mientras le està dando la teta a su hijo, además de llamar a éste hijoputa merecidamente, se puede ir sin pagar porque como mucho estaríamos ante un contrato incumplido y nada màs; pero como no sabemos si los contratos con putas tienen algún valor, pues nada.
Se me olvidaba decir que la Guardia Civil fue creada bajo el reinado de Isabel II, un verdadero putón. ¿Tendrá alguna vigencia este Cuerpo después de todo lo dicho?
Cómo inscribir un nacimiento si es usted gallego

Supongamos que quiere usted inscribir a su hijo en un registro civil de Argentina. Y que es usted gallego.
Irá primero al registro más cercano a su domicilio, por comodidad, para preguntar qué requisitos hacen falta. Allí, pongamos que en el registro de la calle Uruguay, le dirán que por ser la avenida Galván el lugar de nacimiento, debe proceder a la inscripción en el registro n°14 de la calle Bompland.
Irá primero al registro más cercano a su domicilio, por comodidad, para preguntar qué requisitos hacen falta. Allí, pongamos que en el registro de la calle Uruguay, le dirán que por ser la avenida Galván el lugar de nacimiento, debe proceder a la inscripción en el registro n°14 de la calle Bompland.
-¿Y no sirve el domicilio de los padres como referencia?
- No, tiene que ser la dirección de nacimiento.
- No, tiene que ser la dirección de nacimiento.
Le dirán también que al no estar casados, deberán ir padre y madre al mismo tiempo.
-Entiendo que pueda haber dudas sobre la paternidad, pero sobre la maternidad no tiene mucho sentido, ¿no le parece?
-No, señor.
Lo intento de otro modo:
-Que tenga que venir el padre lo entiendo, para reconocer su paternidad, si yo eso lo entendí, pero... ¿la madre? ¿puede la madre no reconocer su maternidad? ¿no sirve el documento expedido por el médico que dice que la madre de mi hija es la persona que la parió?- No, señor.
Usted, al día siguiente, dejará a la criatura con un abuelo con Parkinson o con algún otro familiar , y correrá a subirse a un taxi hasta Bompland. Una vez allí, le dirán que no, que ni ahí, que el registro que corresponde a avenida Galván es el de la calle Miller, donde Cristo perdió la sandalia; pero que me apure porque no cierran a las 14h30 como éste, sino a las 14h.
Una vez allí tendrá el gusto de conocer a una psicópata, con halitosis para más señas, empeñada en que no pueda inscribir a su hijo de ninguna de las maneras posibles. Le pedirá el documento de identidad; tras analizarlo concienzudamente le dirá que es temporal (" por lo tanto no permanente", especificará ella con incomparable erudición), y que bajo esas circunstancias no puede inscribir al bebé. " Inscribirlo no es por capricho, es algo que ustedes me imponen", deberá usted decir .
Como no puede ser tan fácil todo, como la lógica no se mete a menudo en la cama con la burocracia, le pedirán un requisito adicional: necesitará 2 testigos.
-¿Testigos de qué?, ¿del nacimiento, de que lo estoy inscribiendo o del viaje en taxi?.
- Dos testigos, señor.
-Bueno, elijo a ese señor -señalará usted con dedo iracundo- y a esa señora.
-No, tienen que ser dos testigos que no estén en esta sala.
-¿Que no estén en esta sala y que su nombre no empiece por H ni P y haya nacido en día impar de año bisiesto? Eso es absurdo, verifique.
-Un momento, papá.
-Doctor. Qué papá ni papá.
Aparecerá otra señora a la que sí llamarán en adelante Doctora: la personificación del saber. Quien resuelve las dudas de todos los que tiene dudas. El Oráculo del Registro.
- Señor, sí se puede hacer el trámite con un documento temporal, pero el suyo está caducado.
-¿Cómo, caducado?
-Sí, mire, caduca en febrero.
-De 2007, sí. Pero estamos es 2006, señora.
-Uy. Cierto.
-¿Y eso de los testigos? ¿No es absurdo?
-¿Testigos? ¿Quién le dijo?
-Esa señora de ahí -nuevamente el dedo iracundo, y ahora botón-.
-Bueno, igual no sé por qué viene tan tarde a hacer el trámite, faltan 10 minutos para cerrar.
Renuncié a contar que me habían mandado por error a un par de lugares antes de llegar hasta ahí. y que llevaba media hora discutiendo con todo el mundo.
Al girar la cabeza para no fusilarla con la mirada leo un papel en la pared que dice:
-Sí, mire, caduca en febrero.
-De 2007, sí. Pero estamos es 2006, señora.
-Uy. Cierto.
-¿Y eso de los testigos? ¿No es absurdo?
-¿Testigos? ¿Quién le dijo?
-Esa señora de ahí -nuevamente el dedo iracundo, y ahora botón-.
-Bueno, igual no sé por qué viene tan tarde a hacer el trámite, faltan 10 minutos para cerrar.
Renuncié a contar que me habían mandado por error a un par de lugares antes de llegar hasta ahí. y que llevaba media hora discutiendo con todo el mundo.
Al girar la cabeza para no fusilarla con la mirada leo un papel en la pared que dice:
"Inscripciones de Nacimiento:
podrá utilizarse
la dirección del lugar de nacimiento
o la del domicilio de los padres".
la dirección del lugar de nacimiento
o la del domicilio de los padres".
- Señora, eso que dice ahí, ¿es así, es cierto?
-Y obvio, ¿por qué, dónde viven?
-En Talcahuano y Arenales.
-¡Pero cómo! ¡Se hubieran ido al registro de la calle Uruguay!
-Y obvio, ¿por qué, dónde viven?
-En Talcahuano y Arenales.
-¡Pero cómo! ¡Se hubieran ido al registro de la calle Uruguay!
martes, 8 de enero de 2008
Los placeres y los Andes*
Ruta de los Siete Lagos
La concepción del mundo según Dionisos combate lo cotidiano con el abismo de olvido que provoca toda fiesta voluptuosa. De esta esfera superior frente a lo vulgar y a la rutina no siempre se puede regresar.
Villa La Angostura, capital de la pesca de salmónidos pero sobre todo uno de los lugares con más atractivos naturales de Argentina, contaba hace una década con apenas 3.000 habitantes: tiene hoy unos 13.000. Por algo la frase que más se oye en la región es “me quiero quedar acá”. Y muchos se quedan. Es la embriaguez de la Naturaleza, la liberación a través de los instintos.
Aunque en realidad la Ruta de los Siete Lagos es el nombre que se da a la carretera 234 que une San Martín de los Andes con Villa La Angostura (114 kilómetros), el término se ha hecho extensivo al recorrido necesario para conocer todos los lagos de la comarca andina. “Hacerse la R7L” supone una peregrinación tras cuantos placeres nos hagan olvidar la náusea urbana, adoptando tal vez al volcán Lanín como santuario pagano, y aprendiendo la liturgia por el camino.
Serían dos opciones distintas las que cabría proponer aquí, si no fuese porque quien ha aprendido ya a disfrutar sin tapujos no ve incompatible dormir un día en un hotel con embarcadero privado o chimenea en la suite con, al día siguiente, decidirse a montar una tienda de campaña bajo un asombroso cielo estrellado mientras chisporrotea en la parrilla medio cordero patagónico. De lo que se trata es de gozar, sin prejuicios. Y un amanecer al borde del lago Correntoso, mientras los primeros pescadores de truchas se calzan las botas, es motivo suficiente para perder los últimos tabúes.
El bosque lo invade todo. Contra las imposiciones apolíneas de la gran ciudad, Dionisos se presenta en la provincia andina de Neuquén entre lengas, ñires, robles y maitenes; se nos aparece entre sarpullidos de frutas silvestres que conducen a un salto de agua; o tras la madera hogareña del ciprés en cabañas para dos o incluso en edificios municipales. Y ofrece la chimenea como excusa, al caer la tarde, para abrir un buen vino y lo que venga.
Reconciliando al ser humano con la naturaleza, la orgía no es posible sin un estofado de ciervo, una trucha a la brasa con salsa de hongos, pasta rellena de jabalí o trucha: el plato sale por unos 6 euros en un buen restaurante. Tampoco se puede pasar por alto el variadísimo éxtasis de helados de frutos del bosque, ni el chocolate de Bariloche.
De Bariloche partirá quien viaje en avión. Es una ciudad de 78.000 habitantes que combina formidablemente la movida del turismo convencional con las grandes posibilidades de disfrutar del paisaje y las excursiones. Porque la idea es otra -por poco ruido que encontremos será ya demasiado-, nos conformaremos con las panorámicas espectaculares del Cerro Campanario y el parque Llao Llao.
Y partiremos hacia el siguiente punto de la ruta, en un buen 4x4 de alquiler o, por qué no, en una de esas antiguas autocaravanas que nos cruzaremos en los caminos polvorientos. Esta travesía pagana deja a un lado el Parque Nacional Nahuel Huapi y sigue por la Ruta 65 hasta Villa Traful, atravesando un bosque de imponentes coihues, cuya madera rojo intenso es empleada para puentes y muelles lacustres.
Cuenta esta localidad con unos 400 habitantes y un entrañable puerto deportivo de embarcadero de madera; el centro, como una maqueta, se compone apenas de un juzgado de paz, una capilla, un par de restaurantes y una chocolatería. Sobre el lago Traful, el mirador del acantilado proporciona maravillosas vistas. Se puede bucear en su Bosque Sumergido: la transparencia de las aguas permite ver truchas nadando entre los árboles, y comprobar los efectos de la erosión glaciaria y de la actividad volcánica. No muy lejos, el Valle Encantado es una exposición natural de rocas esculpidas por el viento y la lluvia, como los “Dos Vascos con Boina”.
Dicen que el Bosque de los Arrayanes, ya en Villa La Angostura, inspiró a Walt Disney para su Bambi; uno sospecha más bien, durante los 12 kilómetros de caminata (puede accederse también en catamarán), la presencia de un coro báquico entre la madera rojiza y sedosa del arrayán. En cualquier caso, es el único punto del planeta donde puede verse una concentración semejante de este árbol color canela y de frutos balsámicos.
Serpentea la R7L, entre valles y espejos de agua, por los antiguos territorios de los indios Mapuche. Patriarcales, tímidos y con la leña de sus cocinas a cuestas, los pocos aborígenes que van quedando se han reconvertido en concesionarios de camping entre la resignación y la bonhomía; viven en modestas casitas de madera coronadas, eso sí, por una desproporcionada antena de televisión vía satélite.
San Martín de los Andes nos presenta el lago Lácar y sus playas, la Cascada del Arroyo Grande; su Cerro Chapelco, sus quesos y sus fiambres ahumados de jabalí. Ya hemos dejado atrás el Lago Escondido, el Falkner, los ciervos colorados a orillas del Lolog. Con ocasionales compañeros de ruta habremos compartido más de una parrillada y buen vino patagónico, con ese empeño por la abolición del individuo y de las castas que tiene la liturgia de las bacanales en torno al fuego.
El Tromen, rodeado de araucarias; el Huechulefquén, el Paimún: nombres de lagos con sabor a torta frita mapuche y a dulce de rosa mosqueta. El impresionante volcán Lanín, con sus nieves perpetuas, preside todo el paisaje.
Si hay un destino final será éste, el Parque Nacional Lanín, y puesto que a lo sublime le estorban los oropeles, un lugar inigualable para dormir en tienda de campaña.
Y así nace la Tragedia: con el descenso a la rutina y a lo absurdo, alejándonos de los placeres pero evocándolos obstinadamente. A menos que, en algún momento, hayamos pronunciado uno de esos muchos “me quiero quedar aquí” que, bajo la Cruz del Sur, habrá adquirido tono de auténtica revelación.
* Artículo publicado en la Revista GEO en 2006, con “algunas” modificaciones, bajo el título de Un lugar para quedarse a vivir (?).
La concepción del mundo según Dionisos combate lo cotidiano con el abismo de olvido que provoca toda fiesta voluptuosa. De esta esfera superior frente a lo vulgar y a la rutina no siempre se puede regresar.
Villa La Angostura, capital de la pesca de salmónidos pero sobre todo uno de los lugares con más atractivos naturales de Argentina, contaba hace una década con apenas 3.000 habitantes: tiene hoy unos 13.000. Por algo la frase que más se oye en la región es “me quiero quedar acá”. Y muchos se quedan. Es la embriaguez de la Naturaleza, la liberación a través de los instintos.
Aunque en realidad la Ruta de los Siete Lagos es el nombre que se da a la carretera 234 que une San Martín de los Andes con Villa La Angostura (114 kilómetros), el término se ha hecho extensivo al recorrido necesario para conocer todos los lagos de la comarca andina. “Hacerse la R7L” supone una peregrinación tras cuantos placeres nos hagan olvidar la náusea urbana, adoptando tal vez al volcán Lanín como santuario pagano, y aprendiendo la liturgia por el camino.
Serían dos opciones distintas las que cabría proponer aquí, si no fuese porque quien ha aprendido ya a disfrutar sin tapujos no ve incompatible dormir un día en un hotel con embarcadero privado o chimenea en la suite con, al día siguiente, decidirse a montar una tienda de campaña bajo un asombroso cielo estrellado mientras chisporrotea en la parrilla medio cordero patagónico. De lo que se trata es de gozar, sin prejuicios. Y un amanecer al borde del lago Correntoso, mientras los primeros pescadores de truchas se calzan las botas, es motivo suficiente para perder los últimos tabúes.
El bosque lo invade todo. Contra las imposiciones apolíneas de la gran ciudad, Dionisos se presenta en la provincia andina de Neuquén entre lengas, ñires, robles y maitenes; se nos aparece entre sarpullidos de frutas silvestres que conducen a un salto de agua; o tras la madera hogareña del ciprés en cabañas para dos o incluso en edificios municipales. Y ofrece la chimenea como excusa, al caer la tarde, para abrir un buen vino y lo que venga.
Reconciliando al ser humano con la naturaleza, la orgía no es posible sin un estofado de ciervo, una trucha a la brasa con salsa de hongos, pasta rellena de jabalí o trucha: el plato sale por unos 6 euros en un buen restaurante. Tampoco se puede pasar por alto el variadísimo éxtasis de helados de frutos del bosque, ni el chocolate de Bariloche.
De Bariloche partirá quien viaje en avión. Es una ciudad de 78.000 habitantes que combina formidablemente la movida del turismo convencional con las grandes posibilidades de disfrutar del paisaje y las excursiones. Porque la idea es otra -por poco ruido que encontremos será ya demasiado-, nos conformaremos con las panorámicas espectaculares del Cerro Campanario y el parque Llao Llao.
Y partiremos hacia el siguiente punto de la ruta, en un buen 4x4 de alquiler o, por qué no, en una de esas antiguas autocaravanas que nos cruzaremos en los caminos polvorientos. Esta travesía pagana deja a un lado el Parque Nacional Nahuel Huapi y sigue por la Ruta 65 hasta Villa Traful, atravesando un bosque de imponentes coihues, cuya madera rojo intenso es empleada para puentes y muelles lacustres.
Cuenta esta localidad con unos 400 habitantes y un entrañable puerto deportivo de embarcadero de madera; el centro, como una maqueta, se compone apenas de un juzgado de paz, una capilla, un par de restaurantes y una chocolatería. Sobre el lago Traful, el mirador del acantilado proporciona maravillosas vistas. Se puede bucear en su Bosque Sumergido: la transparencia de las aguas permite ver truchas nadando entre los árboles, y comprobar los efectos de la erosión glaciaria y de la actividad volcánica. No muy lejos, el Valle Encantado es una exposición natural de rocas esculpidas por el viento y la lluvia, como los “Dos Vascos con Boina”.
Dicen que el Bosque de los Arrayanes, ya en Villa La Angostura, inspiró a Walt Disney para su Bambi; uno sospecha más bien, durante los 12 kilómetros de caminata (puede accederse también en catamarán), la presencia de un coro báquico entre la madera rojiza y sedosa del arrayán. En cualquier caso, es el único punto del planeta donde puede verse una concentración semejante de este árbol color canela y de frutos balsámicos.
Serpentea la R7L, entre valles y espejos de agua, por los antiguos territorios de los indios Mapuche. Patriarcales, tímidos y con la leña de sus cocinas a cuestas, los pocos aborígenes que van quedando se han reconvertido en concesionarios de camping entre la resignación y la bonhomía; viven en modestas casitas de madera coronadas, eso sí, por una desproporcionada antena de televisión vía satélite.
San Martín de los Andes nos presenta el lago Lácar y sus playas, la Cascada del Arroyo Grande; su Cerro Chapelco, sus quesos y sus fiambres ahumados de jabalí. Ya hemos dejado atrás el Lago Escondido, el Falkner, los ciervos colorados a orillas del Lolog. Con ocasionales compañeros de ruta habremos compartido más de una parrillada y buen vino patagónico, con ese empeño por la abolición del individuo y de las castas que tiene la liturgia de las bacanales en torno al fuego.
El Tromen, rodeado de araucarias; el Huechulefquén, el Paimún: nombres de lagos con sabor a torta frita mapuche y a dulce de rosa mosqueta. El impresionante volcán Lanín, con sus nieves perpetuas, preside todo el paisaje.
Si hay un destino final será éste, el Parque Nacional Lanín, y puesto que a lo sublime le estorban los oropeles, un lugar inigualable para dormir en tienda de campaña.
Y así nace la Tragedia: con el descenso a la rutina y a lo absurdo, alejándonos de los placeres pero evocándolos obstinadamente. A menos que, en algún momento, hayamos pronunciado uno de esos muchos “me quiero quedar aquí” que, bajo la Cruz del Sur, habrá adquirido tono de auténtica revelación.
* Artículo publicado en la Revista GEO en 2006, con “algunas” modificaciones, bajo el título de Un lugar para quedarse a vivir (?).
viernes, 4 de enero de 2008
H A L L A Z G O S

EN UN DIARIO:
Arqueología: han encontrado unos restos un animal prehistórico más cercano al cocodrilo que del dinosaurio. Por lo que sea, un bicho que caminaba sobre dos patas y no tenía dientes, no sé por qué, está más cerca del cocodrilo. Me recuerda a la clasificación de animales de Borges que cita Foucault en el prefacio de Las palabras y las cosas “a) pertenecientes al Emperador, [...] m) que acaban de romper un jarrón, n) que de lejos parecen moscas”). Por supuesto que me estoy riendo de mi propia ignorancia en la materia.. Lo que sí me llama la atención es que los fósiles de este cocodrilo, acaso con plumas, no fueron encontrados sobre el terreno, realizando excavaciones. El hallazgo se realizó en el subsuelo de un museo: a fuerza de guardar cosas por toneladas, los museos son de por sí fosas en las que, al cabo de los años, se puede practicar la arqueología. Sólo que no hace falta viajar, vestirse de explorador: se toma un ascensor al tercer subsuelo y el investigador de turno se pone a remover la mierda a ver qué aparece.
***
ZAPPING:
Científicos alemanes creen haber descubierto que Shakespeare murió de un tumor en un ojo. Pues qué bien.
Esta noticia atravesaba la parte inferior de la pantalla del televisor.
Son científicos de otra época, qué duda cabe: de cuando los científicos sabían quién es Shakespeare.
Esta noticia atravesaba la parte inferior de la pantalla del televisor.
Son científicos de otra época, qué duda cabe: de cuando los científicos sabían quién es Shakespeare.
***
ZAPPING:
Provincia de Misiones: unos colonos que esperaban una subvención incendiaron la municipalidad porque el intendente y sus amigos se quedaron con toda la plata; al día siguiente, además, aparecieron fotos de orgías del grupito de amigos del intendente. La cosa es que la orgía no se la montaron como todo el mundo en alguna casa, en un hotel, sino en la mismísima oficina del intendente. Eso sólo puede pasar en una provincia, en un país, donde quien tiene el poder tiene todo el poder, y se pasan a la gente por el forro de los cojones. Literalmente, además. Y con el dinero del pueblo.
Estados Unidos: mensajes de Bush acerca de la absoluta intolerancia que van a tener con Irán respecto a su programa nuclear. Dan por hecho que se trata de un programa armamentístico, lo de siempre. Vergonzosa aparición de un portavoz defendiendo lo indefendible de una forma, además, no ya demagógica, sino dirigida a analfabetos. Eso sólo puede pasar en un país, donde quien tiene el poder tiene todo el poder, y se pasan al mundo entero por el forro de los cojones.
***
POR LA CALLE:
Avenida Cabildo, en el colectivo. Asomado a la ventanilla, leo un cartel que reza:
Tratamiento Integral de la Persona.
No era un centro cultural, no era una universidad, no era un consultorio psicológico, ni siquiera era una secta -al menos no del tipo que veníamos conociendo-. Era, simplemente, un salón de belleza. La persona, en su integridad, reducida a un cutis sin puntos negros y unas uñas con manicura francesa.
Y luego nos extraña, si es que todavía nos extraña, que las cadenas de televisión se disputen por por gente como Susana Giménez.
O que las niñas prefieran morirse antes de seguir soportando su humillante existencia con 2,5 kilos de más.
O que Tinelli sea uno de los empresarios más exitosos de los medios de comunicación.
***
ZAPPING:
C5N, en titular enorme se puede leer, y en mayúsculas, bien grande, que los jubilados quedarán excentos del impuesto por ABL. Ojalá ésta fuera la única ocasión en que se encuentra una falta de ortografía: no hay subtítulo de película ni noticiero que no cometa algún atentado contra la ortografía o la gramática.
¿Se puede creer en las noticias dadas por alguien que ni siquiera sabe escribir?
***
Ofendiendo a Mahoma*

Escándalo estos días en el mundo musulmán por unas caricaturas de Mahoma aparecidas en un diario danés. La cosa es que las caricaturas se publicaron hace unos 4 meses; se han debido dar cuenta ahora, o a menos que esto esté sirviendo como excusa para movilizar a su gente, que se hayan guardado la excusa para ahora. No sé. Se han visto banderas danesas quemadas (¿dónde se consigue una bandera danesa?) en la calle por iraníes, palestinos, afganos enfurecidos. Han entrado en el consulado danés (creo que) de Teherán y lo han prendido fuego. Los musulmanes no permiten representación alguna de Mahoma, es una auténtica herejía. Algo así como para los católicos anteriores al Papa León III venerar a los santos y encomendarse a ellos en lugar de a Jesús o directamente a dios. En los países musulmanes se han tomado muy mal ver a Mahoma, por ejemplo, llevando un turbante con forma de bomba, con su mecha y todo. Se han puesto como locos. Se habla de muchos heridos, de algún muerto, en las manifestaciones. No sé qué pretendía el diario danés ridiculizando a una religión que no es la suya. Quizá nada, las cosas no parecen, últimamente, hacerse por algún motivo, sino porque no se encuentran motivos para no hacerlas. El motivo ya se encontrará después, es lo de menos.
Coincide la noticia, prácticamente, con que ahora Estados Unidos dice a Irán que eso de la energía nuclear está muy pero que muy mal, que no van a permitir que desarrollen ningún plan nuclear en ese país. Que es muy peligroso y que sospechan que en verdad lo que quieren es fabricar bombas atómicas. El presidente de Irán no es precisamente un tipo callado ni tímido ni miedoso, así que esto va para largo y se puede poner feo.
También hay disturbios en Indonesia, Egipto, Pakistán... Los talibanes, en Afganistán, han llamado a la Guerra Santa contra los daneses (obviamente los daneses que se encuentren en su territorio, que ya deben haber puesto los pies el polvorosa). Fuertes críticas contra otros países porque, al dar la noticia, muchos diarios (France Soir en Francia ha sido el primero) han vuelto a publicar las caricaturas, que ya han dado la vuelta al mundo. Se enciende un debate en cada país acerca de la improcedencia de publicarlas, sabiendo que atenta contra los islamistas. El presidente de Irán (creo que terminaré por memorizar su nombre) ha dicho, no sin razón, que no pueden escudarse en la libertad de prensa, porque de existir, también publicarían una y otra vez todas las barbaridades que hace Israel con el pueblo palestino, por ejemplo. Y en relación con el problema nuclear, también ha soltado que “doy gracias a Dios por tener unos enemigos tan idiotas”. No sé, yo desconfío más de los idiotas. Y es que desde Estados Unidos se ha dicho que si no prosperan las negociaciones diplomáticas, no descartan el uso de la fuerza contra Irán. Y es que ahora ni Afganistán ni Irak son el mayor nido de terroristas; ahora resulta que es Irán. Irán se ha negado a permitir que entren científicos a su país para controlar qué están haciendo en materia nuclear. A nadie se le ocurre proponer un envío de investigadores a Estados Unidos o a Israel con ese mismo objetivo.
La imagen que dan los musulmanes es de locos peligrosos. Pero no cualquiera puede decirlo: baste recordar los cines incendiados en varios países cuando se estrenó La última tentación de Cristo, o por qué Saramago vive en Lanzarote y no en Lisboa, o la exposición de León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta, aquí en Buenos Aires, el año pasado. Hay algunos que tiene que callarse.
Hay una diferencia, además, y es que en estos tres casos se trataba de artistas educados y crecidos en países de cultura católica, que mostraban otra visión, otra versión de los dogmas, o que no criticaban tanto la religión en sí como la herencia dejada por ésta en su sociedad: se trata, en definitiva, de una crítica; y todo es susceptible de ser criticado. Las caricaturas de Mahoma, sin embargo, no tienen componente alguno de reflexión, y han sido realizadas desde fuera, con la soberbia de quien se permite reírse de lo ajeno y desconocido. La contundencia y los excesos en las reacciones son característicos de sociedades en las que se da enorme importancia a los valores comunes, a la cultura de la comunidad. Es síntoma de una falta de libertad que no ha permitido al súbdito otorgarse los derechos de ciudadano con pleno poder de decisión sobre su vida y sus creencias.
Esto conlleva, por un lado, la dependencia absoluta de los valores del grupo, la prioridad a la hora de defender el orgullo y el honor tribales, que trascienden a uno mismo y confluyen en la conciencia y la identidad comunes. Y el honor se limpia con venganza.
Por otro, al no haber libertad, al hallar la explicación de uno mismo gracias a la pertenencia al grupo y a lo divino, no hay ni asomo de un individualismo que, con la excusa de que cada uno puede hacer y decir lo que le venga en gana, termine en la indiferencia más escandalosa. Si no se escandaliza nadie porque los gobiernos que hemos elegido invadan otros países y asesinen a miles de civiles en nombre de nuestra seguridad, si nadie se preocupa activamente por la pobreza que se ve en cuanto salimos del portal, mucho menos se podrá entender que unos señores que visten túnicas se ofendan porque han caricaturizado a su profeta. El choque de civilizaciones se ve aquí muy claramente: en un rincón del ring, aquellos que no han pasado por el estado moderno de la civilización occidental, donde prima la libertad por encima de todo, con lo que tiene de desarrollo del individuo y a la vez de sociedad fragmentada, sin ideologías y sin preocupación por el prójimo; en el rincón opuesto, aquellos que conservan una unidad social muy fuerte y la defensa de lo común, para lo cual se requiere la intransigencia total ante todo aquello que pueda filtrarse desde fuera de las murallas o poner en duda sus valores. No olvidemos que todo grupo sólido se basa en un acatamiento severo de normas ni que, desde el momento en que las normas se ven desobedecidas, se descompone para dar prioridad al individuo frente al grupo. Así, tanto si el ataque viene del exterior como si se produce en su seno, la respuesta tiene lugar en nombre de la comunidad, y la parte herida no puede ser sino algo abstracto como el honor o el orgullo. Algo así como la genitalidad social. O sea, para que se entienda, que a los musulmanes les han tocado los cojones.
Una sociedad individualista desconoce esto por completo, puesto que nadie se identifica más que con uno mismo. Basta pensar en las dictaduras y en cómo, a medida que van recortando libertades, florecen los discursos patrióticos y nacionalistas, esto es, el conjunto (casi siempre artificial) por encima del individuo, cosa que también se da a la inversa: se empieza por aludir al orgullo patrio y se acaban cerrando diarios y llenándose las cárceles. O en la otra cara, se te está muriendo un desconocido en el portal pero prima su condición de desconocido sobre la de moribundo. Mientras, no entendemos que algunos se sientan ofendidos, que viene a ser una doble ofensa. Y no es el mejor momento para pegar patadas donde más duele con la excusa de que yo con mi bota hago lo que quiero. Porque criticar sí, lo exige el deber de reflexión; pero tocar los huevos no hace falta.
PD: Los musulmanes -o, para ser más exactos, alguien que se tiene por portavoz de los musulmanes- han dicho ahora que ellos también hacen humor gráfico, por ejemplo, con personajes como Sharon y Bush, pero que no se han metido nunca con sus dioses. Siguen los incidentes.
*Notas de un cuaderno de 2006 encontrado gracias a una mudanza.
La crónica periodística
La crónica periodística es un género en que últimamente parecen estar confiando varias editoriales. Incluso con un premio, que concede Seix Barral: es como se bautizan estas cosas. Sin el sacramento de un premio no hay nacimiento -o renacimiento- que valga.
Recuerdo un titular de hace tiempo en Clarín que decía que "en Latinoamérica no hay mejor ficción que lo real”, como intentando explicar esta moda.
Lo que venía a decir ese titular, pese a su redacción torpe, es que ninguna ficción puede superar la realidad, al menos por esta parte del mundo (aunque eso, digo, dependerá de quién escriba).
Hablo de redacción torpe porque, simplemente, decir que no hay mejor ficción que lo real es decir que no hay mejor mentira que la verdad.
Lo real no puede ser ficción (aunque nos intenten convencer de ello quienes mandan) y la ficción tampoco puede ser real (aunque amenace serlo); sería esto una obviedad si no fuese porque todavía se escucha a menudo hablar a pseudo-entendidos sobre qué es ficción y qué no lo es. Pues mira: todo lo que no sean estudios o ensayos es ficción. Incluso las autobiografías, me atrevo a decir.
Pero a lo que vamos: que no haya ninguna ficción que pueda superar lo que sucede en el mundo parece ser una claudicación, un darse por vencido, un “nos hemos quedado sin ideas y ahí afuera hay muchas”. Lo que me gusta de todo esto es que no habría oferta de crónicas si no hubiese interés por saber lo que sucede en el mundo. Parece una respuesta a las ficciones light, creadas para el común de los lectores, nivelando hacia abajo, hacia la mediocridad, algo que en seguida Umberto Eco se apresuraría a decir que no es nada nuevo, que viene siendo así desde que se inventó la imprenta, y tendría razón. La crónica parece una respuesta, sobre todo, al tratamiento parcial y edulcorado que los medios están dando a la realidad. Otras aproximaciones al mundo hay y ha habido, como las historias de las películas “basadas en hechos reales”, por lo general con una soporífera moralina, o con el objeto de ensalzar ciertos heroísmos de andar por casa o de advertirnos de la presencia de peligros que, finalmente, son vencidos gracias a la seguridad que da pertenecer a una patria disciplinada donde el orden es refugio de hombres de bien. Nada, en cualquier caso, que pinte un panorama desolador que nos haga hacernos preguntas. La crónica es quizá la manera de estar enterados de qué sucede ahí fuera sin perder de vista la literatura. Porque sería todavía más desmoralizador renunciar al arte por tener preocupaciones que lo ponen en segundo plano. Quizá porque, más que nunca, faltan las respuestas a quienes, a pesar de todo, se empeñan obstinadamente en seguir haciéndose preguntas.
Recuerdo un titular de hace tiempo en Clarín que decía que "en Latinoamérica no hay mejor ficción que lo real”, como intentando explicar esta moda.
Lo que venía a decir ese titular, pese a su redacción torpe, es que ninguna ficción puede superar la realidad, al menos por esta parte del mundo (aunque eso, digo, dependerá de quién escriba).
Hablo de redacción torpe porque, simplemente, decir que no hay mejor ficción que lo real es decir que no hay mejor mentira que la verdad.
Lo real no puede ser ficción (aunque nos intenten convencer de ello quienes mandan) y la ficción tampoco puede ser real (aunque amenace serlo); sería esto una obviedad si no fuese porque todavía se escucha a menudo hablar a pseudo-entendidos sobre qué es ficción y qué no lo es. Pues mira: todo lo que no sean estudios o ensayos es ficción. Incluso las autobiografías, me atrevo a decir.
Pero a lo que vamos: que no haya ninguna ficción que pueda superar lo que sucede en el mundo parece ser una claudicación, un darse por vencido, un “nos hemos quedado sin ideas y ahí afuera hay muchas”. Lo que me gusta de todo esto es que no habría oferta de crónicas si no hubiese interés por saber lo que sucede en el mundo. Parece una respuesta a las ficciones light, creadas para el común de los lectores, nivelando hacia abajo, hacia la mediocridad, algo que en seguida Umberto Eco se apresuraría a decir que no es nada nuevo, que viene siendo así desde que se inventó la imprenta, y tendría razón. La crónica parece una respuesta, sobre todo, al tratamiento parcial y edulcorado que los medios están dando a la realidad. Otras aproximaciones al mundo hay y ha habido, como las historias de las películas “basadas en hechos reales”, por lo general con una soporífera moralina, o con el objeto de ensalzar ciertos heroísmos de andar por casa o de advertirnos de la presencia de peligros que, finalmente, son vencidos gracias a la seguridad que da pertenecer a una patria disciplinada donde el orden es refugio de hombres de bien. Nada, en cualquier caso, que pinte un panorama desolador que nos haga hacernos preguntas. La crónica es quizá la manera de estar enterados de qué sucede ahí fuera sin perder de vista la literatura. Porque sería todavía más desmoralizador renunciar al arte por tener preocupaciones que lo ponen en segundo plano. Quizá porque, más que nunca, faltan las respuestas a quienes, a pesar de todo, se empeñan obstinadamente en seguir haciéndose preguntas.
Una vez más, porque el género de la crónica periodística parece retomar su vuelo con fuerza, se habla de la muerte de la novela. Como no. Es tema que me toca bastante los cojones, por hablar bien castizamente. Por un lado, el escritor que dice que la novela ha muerto, una de dos, o habla de todas menos las suyas, o habla de todas incluidas las suyas; en este segundo caso, ¿no sería más sincero admitir que él ha muerto como novelista, que es incapaz de estar a la altura? Si la muerte de la novela es afirmación de críticos y estudiosos, seguramente conlleve una sensación de alivio: “ya nadie escribe novela, no solamente yo que nunca supe”, y a la vez una sensación de falta de incentivo porque, admitámoslo, debe ser duro y frustrante estar constantemente expidiendo certificados de defunción, no encontrar más que novelas que apetezca cerrar inmediatamente. A mí me ha pasado con algún que otro libro recién editado -o por editar, leído por compromiso, y suele coincidir en ellos que el autor me dice que ha sido pensado para vender, y no como excusa, sino con orgullo-.
Mientras, según los apocalípticos de siempre, muere la novela, hay que ir pensando en las segundas nupcias con la crónica periodística, donde podemos encontrar aportes inteligentes, vistazos a la realidad menos grata, la de debajo de la alfombra, ahora con el visto bueno de las importantes editoriales.
Mientras, según los apocalípticos de siempre, muere la novela, hay que ir pensando en las segundas nupcias con la crónica periodística, donde podemos encontrar aportes inteligentes, vistazos a la realidad menos grata, la de debajo de la alfombra, ahora con el visto bueno de las importantes editoriales.
Cuentos chinos, de Andrés Oppenheimer

I
Ando bastante cansado del libro de Andrés Oppenheimer Cuentos chinos, y no será porque estaba sobre aviso. El libro tiene vocación de best-seller, para convencer de las bondades del neoliberalismo y del Mercado a quienes andan ya convencidos. Aporta observaciones –en el sentido literal de la palabra- de cierto interés, pero saca de ellas conclusiones con la misma simpleza con que se ordeña una vaca. La misma solapa interior me había chirriado, con la foto del autor, exhibiendo sonrisa de argentino triunfador en Miami. Me preguntarás qué hay de malo en sonreír, y te diré que ciertamente nada, pero me incomodó abrir un libro sobre el estado del mundo y particularmente de Latinoamérica y encontrarme a su autor sonriendo, como si estuviese hablando de la boda del Príncipe. Critica, sí, a Estados Unidos por la “desastrosa decisión de lanzarse a la guerra de Irak sin el consentimiento del Consejo de Seguridad de la ONU”, lo cual sólo demuestra que no es un completo fanático; pero “desastroso” parece referirse a lo impopular de la decisión, cuando más apropiado hubiese sido cualquiera de las decenas de adjetivos mejor aplicables, haciendo alusión a la barbaridad, lo inhumano, lo depredador de la gesta. Latinoamérica, parece decir Oppenheimer, lo tiene difícil, pues no puede competir con China al no tener explotación infantil, trabajadores dispuestos a dormir en las fábricas tras doce horas de trabajo sin seguros sociales ni médicos, al no tener de la obediencia la misma concepción que los asiáticos. Es cierto. Pero cuando, unas páginas más adelante, cita a un empresario de la República Checa, sin ser rebatida su aseveración, diciendo que “la vieja Europa se hundiría muy pronto si seguían aferrados a sus vacaciones de 4 semanas, sus semanas de 35 horas y sus jubilaciones a los 55 años”, y que “la actual sociedad de bienestar de Europa Occidental es insostenible en el tiempo”, inmediatamente relaciono ambos comentarios, sin ser especialmente retorcido, creo, y concluyo que, entonces, la prosperidad de Latinoamérica, como la del resto del mundo, debe pasar por perder todos aquellos logros sociales que permiten que el hombre sea precisamente eso, hombre, al menos un poco más libre, y no siervo. La competitividad es necesaria, y la globalización hace que, estando todos en el mismo juego, nunca se podrá competir contra los países de enormes producciones que hacen de la falta de derechos de sus ciudadanos una ventaja en el comercio. No me negarás que algo no funciona. No me negarás que lo que hace falta es que también se globalicen los derechos sociales, y nivelando hacia arriba, no hacia abajo. No me negarás que, ante esto, seguir defendiendo la flexibilidad laboral y la desregulación para entrar en el juego de una competencia que no terminará jamás, confiando todas las expectativas humanas a las leyes del mercado, parece sospechoso de alta traición a la Humanidad, o por lo menos inconsciente. Más si se exhibe una sonrisa en la solapa del libro.
Oppenheimer pone en boca de sus entrevistados sus propios pensamiento de nuevo, esta vez con relación al peronismo. Periodo ciertamente fascista de la historia argentina, al seducir su discurso, a un tiempo, a las masas populares y a las fuerzas del orden -como bien aprendió de Mussolini-, periodo cuyos efectos posiblemente se sientan todavía hoy, no sea más que, precisamente, por esa bipolaridad maligna, el autor de Cuentos chinos rescata ahora las palabras de un ex miembro del Departamento de Estado de los Estados Unidos que dice que, por causa del peronismo, “el argentino espera que el estado le resuelva
II
No sé si me he excedido un poco con el Oppenheimer; tal y como están las cosas, no es poco eso de estar en contra de las dictaduras o admitir que hay que luchar contra la pobreza... Parece haber una nueva derecha que rechaza los golpes de estado, a la vez que venera las leyes del mercado como si fueran mandamiento sagrado. A esto se le llama centro, cuando no es más que otra forma de dar el poder a unos cuantos, privar al individuo de su esencia y reducir la política a economía. Ya no hace falta buscar el poder asumiendo el gobierno por la fuerza, porque el gobierno no tiene poder. Cuando se intenta recuperar el poder de lo político, se dice que peligra la nación. Obvio: el concepto de “país” ha quedado reducido a “producto interior bruto”, sin importar cómo quede distribuido. No es casualidad que en la inmensa mayoría de debates supuestamente políticos no se hable de otra cosa que de tasas de interés, inflación y balanzas comerciales. Dirás que sin considerar especialmente la economía poco se puede hacer en un país, y te daré la razón; pero crecimientos ha conocido la Argentina sin que hayan repercutido en el empleo, incluso crecimiento ha habido que conllevó el cierre de industrias, la destrucción de la producción, el aumento de la pobreza: busca Menem en la Enciclopedia de Horrores Recientes.
Lo que digo es otra obviedad, que parece no serlo a tenor de lo que tiende a considerarse la única solución posible según los defensores del “libre comercio por encima de todo”: tiene que haber todo un sistema de redistribución, reinversión y compensaciones territoriales y sectoriales para el dinero que se genere. Que no vengan con el cuento chino de que el jubilado no debe esperar nada de su país; ya estamos viendo que en Estados Unidos el enfermo tampoco puede esperar nada, ni podrá esperar nada el estudiante o el profesional que ha quedado obsoleto a pesar de haberse preguntado qué podía hacer por su país y haber decidido, como respuesta, dedicarse a alguna especialización de último momento que nunca será vocación para nadie. “Es problema de ellos, de nadie más, y menos del país”: no sé entonces qué es un país, si para defenderlo sólo hay que dejar que los poderes financieros tengan las manos libres. Eso sí, ojalá pudiera creer todo eso, me libraría de un montón de preocupaciones.
Lo que digo es otra obviedad, que parece no serlo a tenor de lo que tiende a considerarse la única solución posible según los defensores del “libre comercio por encima de todo”: tiene que haber todo un sistema de redistribución, reinversión y compensaciones territoriales y sectoriales para el dinero que se genere. Que no vengan con el cuento chino de que el jubilado no debe esperar nada de su país; ya estamos viendo que en Estados Unidos el enfermo tampoco puede esperar nada, ni podrá esperar nada el estudiante o el profesional que ha quedado obsoleto a pesar de haberse preguntado qué podía hacer por su país y haber decidido, como respuesta, dedicarse a alguna especialización de último momento que nunca será vocación para nadie. “Es problema de ellos, de nadie más, y menos del país”: no sé entonces qué es un país, si para defenderlo sólo hay que dejar que los poderes financieros tengan las manos libres. Eso sí, ojalá pudiera creer todo eso, me libraría de un montón de preocupaciones.
III
Creo que me ratifico en lo que dije sobre la sonrisa que luce en la solapa del libro: da miedo.
Si la competitividad es algo a tener en cuenta muy seriamente, cuando alguien se erige en su abanderado y deja caer que todo el país, toda la educación, todos los intereses e inquietudes personales, todo el tiempo libre, todo el espíritu de las naciones y, lo que es peor, incluso de la infancia, deben girar en torno a la competitividad y a su fomento, se me ponen los pelos de punta.
Cita en el libro como ejemplo a seguir el de un niño chino de 7 años, y no por que vea sólo 30 minutos de TV al día, que sería bueno, sino por todas las actividades que se ve forzado a realizar diariamente -escolares y extraescolares, musicales y deportivas-, todo ello a un ritmo que agotaría al más hiperquinético cocainómano de Wall Street.
Los detractores de la competitividad y del libre comercio, dice Oppenheimer, ponen excusas vagas atacando a algo que “llaman neo-liberalismo”. Es cierto que si todos los niños luchan por ser el mejor de la clase y consideran esta meta la única importante, el nivel de conocimientos pragmáticos de cada uno aumentará, y mejorará el nivel de instrucción del país. Pero si no aplicamos esta táctica a los niños-robot, sino a una competencia entre países, aunque todos luchen desesperadamente por mejorar la competitividad, siempre habrá unos más eficaces que otros. Total, siempre habrá desequilibrios, y la mayor sofisticación global de productos no garantiza más que al final, como mucho, se esté viendo por televisión a Tinelli en un aparato de plasma de 6.000 dólares. Y para ello, para poder llegar a semejante maravilla, tanta necesidad de competitividad habrá entre países que sólo quedará, no queda otra, como ya se está arengando, volver atrás sobre los logros sociales del último siglo. Mientras tanto, proliferan los programas televisivos dedicados a mejorar “la calidad de vida”, siguiendo constantes consejos estéticos y médicos que se acaban contradiciendo con el tiempo, ejercicios físicos en lugares cerrados al salir de la oficina y bebiendo zumitos que contienen misteriosas partículas con nombre de replicante de Blade Runner. También dice que, “al margen de algunas consideraciones morales”, la manipulación genética es la ciencia del futuro, y pone como ejemplo de santoral a Corea con la clonación de un perro.
Chávez y Maradona, Mar del Plata 2005 *

Cumbre de las Américas. Se reúnen en Mar del Plata los líderes de los países de la OEA. Discurso de varias horas de Chávez, en un estadio. Maradona está en la tribuna, juega al tipo comprometido, con remera con la cara del Che y gorra Nike. Le falta leer un poco, sólo un poco: como para ir aprendiendo a hablar.
De todas formas, prefiero esto a todos esos jugadores que se gastan millones en no sé sabe qué y jamás se preocupan por nadie. Maradona seguramente se preocupe, pero no da para más. Con el tiempo es muy posible que se canse de jugar a líder político popular y vuelva a ser, simplemente, Dios.
Estar en contra del neoliberalismo se convierte, gracias a estas cosas, para quienes no entienden de matices, en ser un populista farandulero. Y los medios en nada ayudan, tampoco, a dar matices. La televisión sigue siendo en blanco y negro.
Los actos vandálicos al comerciante de la esquina despojan de argumentos a quienes podrían gozar de cierta simpatía por dejar una sucursal de McDonalds hecha escombros. También cita Chávez a Chomsky: no sé quién le pasará un resumen de lo que dicen los libros que interesan. Lástima que luego no defienda lo que dice defender, y que lo que diga me recuerde cada vez más a Jesús Gil, empresario español (fallecido hace unos tres años) dueño del Club Atlético de Madrid y alcalde de Marbella -ciudad andaluza donde se reúnen a veranear los jeques áreabes y los traficantes de todo tipo-, que no conseguía redimir su ignorancia con todo su dinero aunque él pensara que sí. Chávez y Gil son dos modelos parecidos, amigos de los medios, pero no de los periodistas ni de la verdad: me refiero simplemente a salir en los medios, que se les vea la cara. El fascismo descubrió la utilidad de la radio. Perón fue un Mussolini tardío, y Chávez un Perón reloaded.
Si Chávez fuese sincero estaríamos ante una momento maravilloso porque, de última, si no se comulga con él, la historia se ocuparía de hacer brotar un movimiento a medio camino entre los otros y él.
Aunque tampoco estoy seguro de esto que acabo de decir: es cierto que las reivindicaciones socialistas, en su momento consideradas fuera de lugar, se fueron incorporando y ahora en los países que tanto se escandalizaron con ellas nadie concibe no tener vacaciones pagadas o seguros sociales; pero también es cierto que se está volviendo a atrás, que China es mucha China, y son muchos también.
Así que de la dialéctica de la historia me fío poco, o por lo menos no me basta para alegrarme porque surja gente como Chávez.
Si es necesaria una reflexión seria, que lo es, me temo que no vendrá por ahí; pero nunca ha venido por el camino de los políticos. Lo que falta es el espacio.
De todas formas, prefiero esto a todos esos jugadores que se gastan millones en no sé sabe qué y jamás se preocupan por nadie. Maradona seguramente se preocupe, pero no da para más. Con el tiempo es muy posible que se canse de jugar a líder político popular y vuelva a ser, simplemente, Dios.
Estar en contra del neoliberalismo se convierte, gracias a estas cosas, para quienes no entienden de matices, en ser un populista farandulero. Y los medios en nada ayudan, tampoco, a dar matices. La televisión sigue siendo en blanco y negro.
Los actos vandálicos al comerciante de la esquina despojan de argumentos a quienes podrían gozar de cierta simpatía por dejar una sucursal de McDonalds hecha escombros. También cita Chávez a Chomsky: no sé quién le pasará un resumen de lo que dicen los libros que interesan. Lástima que luego no defienda lo que dice defender, y que lo que diga me recuerde cada vez más a Jesús Gil, empresario español (fallecido hace unos tres años) dueño del Club Atlético de Madrid y alcalde de Marbella -ciudad andaluza donde se reúnen a veranear los jeques áreabes y los traficantes de todo tipo-, que no conseguía redimir su ignorancia con todo su dinero aunque él pensara que sí. Chávez y Gil son dos modelos parecidos, amigos de los medios, pero no de los periodistas ni de la verdad: me refiero simplemente a salir en los medios, que se les vea la cara. El fascismo descubrió la utilidad de la radio. Perón fue un Mussolini tardío, y Chávez un Perón reloaded.
Si Chávez fuese sincero estaríamos ante una momento maravilloso porque, de última, si no se comulga con él, la historia se ocuparía de hacer brotar un movimiento a medio camino entre los otros y él.
Aunque tampoco estoy seguro de esto que acabo de decir: es cierto que las reivindicaciones socialistas, en su momento consideradas fuera de lugar, se fueron incorporando y ahora en los países que tanto se escandalizaron con ellas nadie concibe no tener vacaciones pagadas o seguros sociales; pero también es cierto que se está volviendo a atrás, que China es mucha China, y son muchos también.
Así que de la dialéctica de la historia me fío poco, o por lo menos no me basta para alegrarme porque surja gente como Chávez.
Si es necesaria una reflexión seria, que lo es, me temo que no vendrá por ahí; pero nunca ha venido por el camino de los políticos. Lo que falta es el espacio.
Zapping: Maradona presentando un programa de televisión. Maradona rodeado de un montón de personas insignificantes que gozan de un momento de fama en sus vidas y que por ello son dignas de acercarse al futbolista. Sus hijas y lágrimas de emoción, eso vende. Lo privado expuesto en los medios públicos, en lugar de poner lo público al alcance de cada uno. La privatización de la política y la destrucción del agora, nos alerta Zygmunt Bauman en este magnífico En busca de la política que estoy leyendo ahora.
Y ahora algo de Televisión.
Zapping de ayer: Maradona “entrevistando” en Cuba a Fidel: enseña un tatuaje, juega con la pelotita, ríe obsecuente. Fidel habla mucho siempre, la presencia de la cámara hace prescindible a cualquier periodista. Y más al futbolista reconvertido a farandulero frívolo con discurso revolucionario de analfabeto. Una lástima que gente así ensucie tan fácilmente a la izquierda. Ha ensombrecido la “anti-cumbre” de las Américas, ya avisó Pérez Esquivel, el Nobel de la Paz; pero él también había quedado ensombrecido, y nadie le escuchaba tampoco. Hoy por televisión hay quien ha dicho que la entrevista de Maradona fue buenísima.
"Ensuciar a la izquierda": es curioso, la derecha nunca se ensucia, o nunca se da por enterada. Una Thatcher se olvida pronto, incluso en Argentina; pero un futbolista que hace de la ideología un asunto de banderitas, remeras estampadas y slogans panfletarios a los que se ha olvidado poner el relleno, se convierte en un estigma para siempre. Será que la elegancia redime.
Zapping de ayer: Maradona “entrevistando” en Cuba a Fidel: enseña un tatuaje, juega con la pelotita, ríe obsecuente. Fidel habla mucho siempre, la presencia de la cámara hace prescindible a cualquier periodista. Y más al futbolista reconvertido a farandulero frívolo con discurso revolucionario de analfabeto. Una lástima que gente así ensucie tan fácilmente a la izquierda. Ha ensombrecido la “anti-cumbre” de las Américas, ya avisó Pérez Esquivel, el Nobel de la Paz; pero él también había quedado ensombrecido, y nadie le escuchaba tampoco. Hoy por televisión hay quien ha dicho que la entrevista de Maradona fue buenísima.
"Ensuciar a la izquierda": es curioso, la derecha nunca se ensucia, o nunca se da por enterada. Una Thatcher se olvida pronto, incluso en Argentina; pero un futbolista que hace de la ideología un asunto de banderitas, remeras estampadas y slogans panfletarios a los que se ha olvidado poner el relleno, se convierte en un estigma para siempre. Será que la elegancia redime.
* Notas en un cuaderno de 2005 encontrado gracias a una mudanza.
El hijo, de Solange Camaüer
He terminado de leer , Edit. Alfaguara, de Solange Camaüer ; transcribo el comentario que le he mandado.
Uno anda ya bastante harto de monólogos interiores. Las vanguardias se olvidan de dar un sentido a sus descubrimientos, hasta que el Joyce de turno viene a utilizarlos como herramienta idónea, y quedan no solamente justificados, sino convertidos en imprescindibles, lejos de la simple ocurrencia primera. Y nadie se acuerda entonces de Dujardin. Después el proceso se invierte, y el hallazgo vanguardista se va destripando, pasa de unos a otros, se manosea, y uno llega a toparse con el dilema de un hombre que no sabe qué corbata comprar narrado por sí mismo, en ese mismo momento, dentro de su mente, bastardeando el recurso, poniéndolo al servicio de un producto que, casualmente, tiene formato de libro y, por ello, solamente por ello, queda comprendido dentro lo que se conviene en llamar “literatura”.
Seguro que el monólogo interior, y no digamos el discurso libre directo, son las herramientas que primero aparecen en un manual de “Escriba sin esfuerzo y con un look atrevido” que espero descubrir algún día en un salón decorado a la intelectual. Para cuando sucede esto, Virginia Wolf ha sido olvidada en su porqué –queda sólo la forma sin justificación, que equivale a decir queda poca cosa-, al portugués Lobo Antunes no hay dios que lo lea, y lo que se vende acaba siendo la mierda en vez del pañal.
Este empobrecimiento de recursos valiosos, de instrumentos que tanto tardaron en ser descubiertos puestos ahora al servicio de la mediocridad, es posiblemente el causante de otra epidemia, la de dar por muerta la novela cada año bisiesto. Y uno, que tiende a pesimista, escribe sus novelas con la idea de estar concibiendo un hijo que nacerá muerto.
Pero no. De repente aparecen libros como El hijo. Y uno se siente más inseguro todavía, porque si lo que escribo ha perdido el estigma de género muerto, tampoco se beneficiará de de pésames ni palmaditas en la espalda.
El hijo no adopta el monólogo interior porque sí, porque se lleva esta primavera, ni porque gracias a él es más asequible narrar lo que de otra forma resultaría muy trabajoso. No es gratuito. Camauër no se apoya en él buscando la solución fácil: en El hijo todo es esfuerzo para su autora, y esto se nota, primero, en que todo es sencillo para el lector: éste no ofrecerá resistencia, se verá conducido por el ritmo, por las reflexiones planteadas con claridad –la cortesía del filósofo, decía Ortega -, por la pluralidad ordenada de voces.
Camauër trae al mundo una novela hecha a conciencia; tanto que al final se permite hablar del monólogo interior de los personajes, su instrumento –de la autora y del narrador-, dándole el significado que quizá hubiésemos intuido, pero sin que esté de más; al contrario, había que decirlo: es precisamente así que los monólogos cobran sentido, y dejan de ser una herramienta al servicio de nada para convertirse en una reivindicación explícita: la que exige que nada sea gratuito, y menos la forma adoptada.Una objeción, irrisoria, debe hacerse a la definición de la novela como “policial”. Nos estamos olvidando de algo tan elemental como que toda historia debe tener un desarrollo y un desenlace no demasiado previsible. ¿Cómo en la novela policial? Sí, también.

Uno anda ya bastante harto de monólogos interiores. Las vanguardias se olvidan de dar un sentido a sus descubrimientos, hasta que el Joyce de turno viene a utilizarlos como herramienta idónea, y quedan no solamente justificados, sino convertidos en imprescindibles, lejos de la simple ocurrencia primera. Y nadie se acuerda entonces de Dujardin. Después el proceso se invierte, y el hallazgo vanguardista se va destripando, pasa de unos a otros, se manosea, y uno llega a toparse con el dilema de un hombre que no sabe qué corbata comprar narrado por sí mismo, en ese mismo momento, dentro de su mente, bastardeando el recurso, poniéndolo al servicio de un producto que, casualmente, tiene formato de libro y, por ello, solamente por ello, queda comprendido dentro lo que se conviene en llamar “literatura”.
Seguro que el monólogo interior, y no digamos el discurso libre directo, son las herramientas que primero aparecen en un manual de “Escriba sin esfuerzo y con un look atrevido” que espero descubrir algún día en un salón decorado a la intelectual. Para cuando sucede esto, Virginia Wolf ha sido olvidada en su porqué –queda sólo la forma sin justificación, que equivale a decir queda poca cosa-, al portugués Lobo Antunes no hay dios que lo lea, y lo que se vende acaba siendo la mierda en vez del pañal.
Este empobrecimiento de recursos valiosos, de instrumentos que tanto tardaron en ser descubiertos puestos ahora al servicio de la mediocridad, es posiblemente el causante de otra epidemia, la de dar por muerta la novela cada año bisiesto. Y uno, que tiende a pesimista, escribe sus novelas con la idea de estar concibiendo un hijo que nacerá muerto.
Pero no. De repente aparecen libros como El hijo. Y uno se siente más inseguro todavía, porque si lo que escribo ha perdido el estigma de género muerto, tampoco se beneficiará de de pésames ni palmaditas en la espalda.
El hijo no adopta el monólogo interior porque sí, porque se lleva esta primavera, ni porque gracias a él es más asequible narrar lo que de otra forma resultaría muy trabajoso. No es gratuito. Camauër no se apoya en él buscando la solución fácil: en El hijo todo es esfuerzo para su autora, y esto se nota, primero, en que todo es sencillo para el lector: éste no ofrecerá resistencia, se verá conducido por el ritmo, por las reflexiones planteadas con claridad –la cortesía del filósofo, decía Ortega -, por la pluralidad ordenada de voces.
Camauër trae al mundo una novela hecha a conciencia; tanto que al final se permite hablar del monólogo interior de los personajes, su instrumento –de la autora y del narrador-, dándole el significado que quizá hubiésemos intuido, pero sin que esté de más; al contrario, había que decirlo: es precisamente así que los monólogos cobran sentido, y dejan de ser una herramienta al servicio de nada para convertirse en una reivindicación explícita: la que exige que nada sea gratuito, y menos la forma adoptada.Una objeción, irrisoria, debe hacerse a la definición de la novela como “policial”. Nos estamos olvidando de algo tan elemental como que toda historia debe tener un desarrollo y un desenlace no demasiado previsible. ¿Cómo en la novela policial? Sí, también.
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