jueves, 25 de enero de 2007

FIEBRE. (*)

Salió de la ducha tiritando. Se había despertado bruscamente, entre sudores, agitándosele todo el cuerpo espasmódicamente. Le había asaltado otra imagen, que inmediatamente quedó plasmada en el lienzo obsesivo de aquí, como muchos le habrán escuchado decir, mientras se golpea la sien con los nudillos.
La idea del cuadro se me mete entre las sábanas por la noche, había dicho en aquella entrevista, me sacude, me apalea y termina por sacarme de una patada de la cama.
Se roció las axilas con desodorante, frente al espejo, mientras se formaba un charco a sus pies que le fue persiguiendo hasta la habitación. Se vistió entre estornudos y, todavía con los pies descalzos, se preparó el desayuno. Bebió el café con leche contemplando su ciudad, que todavía se estiraba perezosa bajo la misma nube maloliente de cada día. De la ventana abierta de la cocina salía disciplinadamente el humo del primer cigarrillo, una vez le hubo arrancado las toses matutinas.
Volvió al baño, tiró del rollo de papel higiénico y se sonó ruidosa e interminablemente. Se quitó, debajo del grifo, los restos de papel deshecho que se le habían pegado a los dedos. Del bidé sacó los calcetines que habían estado sumergidos en jabón toda la noche y, sentado en el váter, se los puso, chorreando.
Sacó el caballete a la terraza, y se agachó a recoger del suelo un pincel que el viento habría tirado, el día anterior; había tenido que meter rápidamente todo el material en casa, pues la lluvia amenazaba con arruinar el cuadro, y lo terminó en el salón.
Hoy el día se presentaba mejor; sin viento, sin el aguacero de ayer. Ni siquiera iba a necesitar los guantes de dedos recortados para pintar sin temblores. En verano va a ser más jodido, pensó.
Dividió el lienzo en varios planos, con un carboncillo, con unos pocos gestos rápidos, agresivos; hizo las mezclas impetuosamente.
No concibo otra forma de crear; la crítica define esta última etapa mía como impetuosa, apasionada, violenta, febril: y sí, necesito terminar cada cuadro antes de que me venga la imagen del siguiente. Me vienen tan detalladas, que solamente tengo que reproducirlas.
Toda la mañana estuvo delante del lienzo, vomitando la imagen que le había asaltado por la noche. Yo no pinto, vomito. Hizo una pausa para almorzar un plato humeante de lentejas, única concesión que se permitía al cabo del día. Para combatir esa sensación de soledad que le seguía pareciendo atroz aun después de tanto tiempo, prendió la radio. Hoy, además, pasaban la entrevista. La idea del cuadro se me mete entre las sábanas..., escuchó una voz que identificó como la suya, no tanto por el timbre, sino por las palabras que se iban sucediendo, una tras otra, con un ritmo monótono; se le ocurrió que de la misma manera que las ondas se dibujaban en el plato, cada vez que metía la cuchara.
Era extraño prender la radio para matar ese silencio de almuerzo no compartido y que la encargada de diluir esa soledad fuese precisamente su propia voz. Aunque no del todo, era más bien una voz extraña, ajena, diciendo cosas con las que ya no estaba muy de acuerdo. La verdadera enfermedad es ser incapaz de crear... En eso sí tuvo que darse la razón.
Sonó el timbre del portal, y se levantó para abrir.
_ Joder que frío hace fuera _saludó el recién llegado, haciendo amago de quitarse el abrigo. Viendo todos los balcones abiertos, prefirió dejárselo puesto.
Sentado en el sillón, encogido, aceptó la taza de café que se había estado recalentando mientras intercambiaban estas palabras, y estos silencios:
_ En el auto escuché la entrevista, así que me acordé de que siempre me había gustado verte trabajar.
_ Debe ser por eso que estuviste cuatro años sin venir a visitarme...
_ Si vas a empezar con lo de siempre...
Hubo un silencio largo, de esos que un narrador con escasa imaginación acompañaría, para definirlo, con un "que se podía cortar cuchillo".
_ ¡Qué mal aspecto tienes! Y no dejas de toser, ¿No se te ha ocurrido cerrar las ventanas y encender la estufa?_dijo sentándose-. ¿Dónde está la estufa que aparecía en aquel cuadro? _añadió, mientras extendía ambas manos hacia la taza.
_ En el cuadro. Y espero que no hayas venido a darme consejos, se me hace tarde y el tiempo de anfitrión cortés para las visitas inesperadas termina al mismo tiempo que el café. Mañana, -continuó-, te llevaré los últimos cuadros a la galería, a menos que prefieras llevártelos tú ahora, me harías un favor.
Sin esperar una respuesta, se perdió por el pasillo y apareció con varios lienzos, que apoyó contra la pared.
_ Nunca he visto una obra tan heterogénea: una playa repleta de bañistas calcinados, un pollo dentro de un horno, unos...¿guantes haciendo cola para entrar en una sauna? Me preocuparía tu salud mental si no me diese tantos beneficios. Mira, un abrigo enculando a una gabardina en pleno desierto...
_ Nunca entendiste una mierda de arte.
_ Me los llevo ahora, sí, con esto de la entrevista, conviene que la galería esté bien surtida de mercadería.
_ No vuelvas a llamar así a mis cuadros.
_ Y cuídate, no sé qué cojones haces con tanto frío en casa, vas a enfermar todavía más...
_ La verdadera enfermedad es ser incapaz de crear.
_ Es muy poco humilde citarse a sí mismo.
Siguió pintando, metiendo de cuando en cuando los pies en un balde de agua que también le hacía las veces de escupidera, cada vez que le venía alguna de esas flemas enormes y espesas que tanto asco le daba volver a tragarse.
Terminó pronto, antes de que oscureciese, y se tumbó en la cama, agotado, con un vaso de güisqui en una mano, que lograba sujetar con cierta dificultad, y un cigarrillo en la otra. Había aprendido a no colocar el cenicero sobre su abdomen, la tos lo sacudía y tendía a deslizarse volcando su contenido, así que lo dejó en el suelo, bajo su brazo colgando.
Así se solía quedar contemplando el cuadro del día, tomando distancia, analizándolo por primera vez, como si no hubiese salido de su cabeza. No son composiciones mías, no vienen de una reflexión, de un estudio, ni siquiera de una intuición que hubiese ido definiendo, perfeccionando. Tuvo que admitir, una vez más, que la composición era magnífica y que, quizá, la técnica del trazado, que sí dependía enteramente de él, podía mejorarse.
Sacó el termómetro de la mesita de noche, y se lo puso bajo el brazo, al principio presionando ligeramente, aunque el cansancio pronto le hizo desistir de ese pequeño esfuerzo. Iba sintiendo, de nuevo, como cada noche, que perdía el contacto con la realidad. Miró el reloj torciendo dificultosamente el cuello, y se percató de que llevaba casi tres horas mirando ese sol violento, rodeado de lenguas de fuego y muslos de mujer, que ocupaba todo el lienzo. El tictac del reloj empezaba a mezclarse en su cabeza con los pasos del marchante escaleras abajo, llevándose pesadamente los lienzos; con la voz que había ido entonando sus pensamientos a través de la radio; con el gorgoteo de las lentejas al calentarse, ese mediodía; con...
Tuvo un instante de lucidez y se acordó del termómetro. Treinta y nueve con seis, murmuró, o pensó, el cuadro de mañana tampoco va a estar nada mal.
Algo semejante a una marmita gigante de lentejas subía unas escaleras, al parecer de caracol, dejando un rastro tras de sí. En verano va a ser más jodido, tuvo tiempo de pensar.

(*) Publicado en MASSACONFUSA, N° 2, Madrid 2006.

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