jueves, 25 de enero de 2007

Democracia en vivo y en directo

Seguir la actualidad y contraponer los hechos a los discursos de unos y otros, revisar la historia política y buscar lo que se conserva de los diversos movimientos y partidos del pasado en sus supuestos abanderados de hoy son simples tareas que bastan para que esperar un juego limpio en las elecciones pasadas fuese algo más que ingenuo. Pedir en Argentina lo que tampoco se da, por otro lado, en el país que se autoproclama portador de los más auténticos valores democráticos, a saber, una auténtica libertad de voto, también parece demasiado pedir.

Estados Unidos ha conseguido tener electores con una fe ciega en el sistema, y allí se vota para dejarse gobernar. Se encomiendan a Bush como a un Dios iracundo, y la oposición no representa más que una versión suavizada del mismo petropensamiento. Con toda seguridad, si se mantiene el bipartidismo es por una cuestión formal, pero no debe estar lejos el día en que, puesto que todo el pueblo haya sido puesto de acuerdo en opiniones, pero también en modos de vida, gustos y pasatiempos, no hará falta votar a nadie; aunque quizá esto sea una exageración, ya que es posible que siempre haya grupos económicos enfrentados, y cada uno necesite la existencia de un partido político determinado para defender sus intereses.

Manejar la opinión pública a través de los medios de comunicación es algo que ha existido siempre, aunque particular y ostentosamente en los regímenes fascistas –incluyendo a Perón-. En la Argentina se puede comprobar fácilmente con las estadísticas que sopesan cuáles son las mayores preocupaciones del electorado: mientras la inflación es ya muy preocupante, y el 60% de los menores de 14 años viven en familias pobres (hoy “pobre” es un concepto estadístico muy concreto que arranca a muchas familias incluso el único adjetivo digno que les quedaba), la mayor preocupación del argentino –suponiendo que la estadística se haya realizado teniendo en cuenta todos los estratos sociales- parece ser la inseguridad. Y esto es así por culpa de la televisión.

Esa inseguridad que pretenden mostrar como la única inseguridad existente, a saber, la delincuencia callejera, existe, por supuesto; pero no deja de ser la consecuencia de un problema mayor: el de la pobreza. No ser capaces de crear un relación entre las informaciones y sacar una conclusión es culpa del bombardeo de datos, que no deja tiempo a la reflexión: la información sin filtro crítico, sin encontrar una dialéctica de la realidad, no sirve para nada. O, por lo menos, para nada bueno. Se pide más policía en vez de pedir más trabajo; se exige mano dura en vez de crear industria; se cree necesitar condenas más severas, porque esto es más fácil de conceder que una solución a la inexistente redistribución de la riqueza, al abandono de las provincias y al definitivo despertar de la industria. Si se convence a la opinión pública de que el verdadero problema es la inseguridad y no los factores que la provocan, quedará oculta la verdadera problemática del país, y si nadie encuentra el problema no podrá ponerse solución. Cuando un pueblo cree conocer los defectos de su país y piensa que se está haciendo todo lo posible por eliminarlos, nace solo el discurso de “nosotros no merecemos esto”; “no se explica cómo un país como el nuestro puede estar así”, etc.

Decía que la culpa, al menos en parte, es de la televisión –no el medio en sí, sino su utilización rastrera-: y es que cada día se dedican horas de ese carísimo tiempo televisivo a entrevistar a la víctima de un delito, si ha sobrevivido; a cada uno de los miembros de su familia; a los vecinos; a la policía. La moda del directo hace que no se edite el material, y durante largos minutos un vecino esté contando lo mismo que la suegra, y que la hermana, y que uno que casualmente pasaba por ahí pero que no vio nada; o no se sabe bien qué ha pasado, pero se tienen varias versiones de los hechos, con descripciones del lugar, del modus operandi, y un barrido de la cámara que muestra el vecindario. Y una pregunta habitual, todo un clásico: “¿cómo se siente?”; la víctima, dando una lección de santa paciencia, no contesta “me han robado mi pensión y me han quemado con una plancha, ¿usted cómo carajo piensa que me puedo sentir?”, sino que se esfuerza en responder amablemente, sabedora de que va a aparecer en TV, convencida –vaya uno a saber por qué- de que los periodistas están haciendo su trabajo y de que ella debe corresponder contando los pormenores, con la cara llena de llagas recientes; el hospital después, lo primero es atender a los medios.

Que una anciana haya sido quemada con una plancha para que confesase dónde estaban sus ahorros puede ser una noticia; pero como toda noticia, debe ser editada, resumida y, sobre todo, contextualizada, analizada, debatida. Nada de esto sucede, sin embargo. Y no sucede porque a continuación se ha decidido entrevistar, también en directo, a la madre de un joven asesinado al salir de un restaurante, y a un comerciante que acaba de ser atracado.

Solamente en el Chaco hay al parecer un par de asesinatos con arma blanca o de fuego al día; en Argentina muere así una persona cada dos días; al cabo de la semana, en Buenos Aires, debe haber miles de robos con violencia, y otros muchos asesinatos. La noticia, sin embargo, no debe ser la entrevista a cada una de las víctimas y a todo su entorno, algo imposible e inútil. El periodismo fácil es, precisamente, presentarse allí, cámara en ristre, y filmar indiscrimi-nadamente. El periodismo de verdad consiste en cambio en, a partir de esos hechos, crear un espacio de análisis donde el espectador pueda asistir a un debate o participar de una crítica, haciendo la suya a partir de los datos proporcionados. Los defensores del directo a ultranza hablan de objetividad: falacia. La objetividad deja de existir desde el momento en que se decide dedicar tantas horas a la inseguridad, en lugar de hacerlo a la pobreza. No tengo la menor duda sobre cuál sería hoy la mayor preocupación de los argentinos si se dedicase el mismo tiempo a preguntar, también en vivo, a la gente que sale de un hipermercado sobre su opinión acerca de los precios, “¿cómo se siente usted”, podrían preguntar, “al ver que la carne ha vuelto a subir un 10 por ciento?”.

En Argentina, como en EEUU, dejamos que se nos gobierne y que se nos informe, y nos encomendamos al salvador de turno, que siempre termina por no ser tal sino todo lo contrario: en esta ocasión, Macri ganó porque fue quien mejor supo convencer de que él iba a cambiarlo todo. Tanto se habló de inseguridad que prometer más fuerzas del orden de forma más convincente que los demás candidatos le dio el triunfo; el resto de promesas se irán incumpliendo a medida que se olviden, y a medida que se dé cuenta (ojalá se dé cuenta) de que una ciudad no es una sociedad deportiva. Con todo, podría considerarse que la manipulación mediática es todavía un problema secundario en Argentina, en la medida en que existe la manipulación directa de los electores, que en las provincias son cargados en camiones, bajo amenazas, con instrucciones de a quién tienen que votar. Pero con una abstención del 40%, y un voto cautivo que está alrededor del 30%, nos queda un electorado real de un 30%; y si éste se ve también manipulado por los medios de forma tan ostentosa, la cifra de votantes verdaderamente libres parece una base muy deficitaria como para poder afirmar que la Argentina ha recuperado la democracia. Y es que el voto no tiene sentido si no es libre.

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